La gente guapa no va en Metro, de verdad: no hay modelos de pasarela de la alta costura en los vagones. Ninguna modelo se ha sentado jamás delante de mí a las ocho de la mañana, con la cara destruida, descompuesta, recién levantada y sin maquillar. Ninguna modelo profesional vive en un barrio pobre y coge el metro para ir hasta el centro a hacer sus sesiones de fotos. No te imaginas a Cindy Crawford yendo en Metro, ¿verdad? Lo más seguro es que no sepas ni quién es esa tal Crawford, porque ya es una señora de 56 años, y las mujeres con esa edad ya no existen ni salen en las portadas de las revistas. No te imaginas a Cindy Crawford cocinando un pollo en un pequeño piso, o poniendo una lavadora, o haciendo una compra en el Hiper Usera. La Crawford jamás haría esas cosas.
He cogido el Metro miles de veces y, por mi experiencia, te digo que la gente guapa no va en Metro. Me he pasado el rato de esos trayectos observando a la gente (manías de guionista), y la gente que viaja en Metro son personas que normalmente están en la mierda: personas normales que van a trabajar cada día y a las que no les importa viajar de pie, apretujados con otras personas que también están apretujadas. Esas personas (del mundo real) viven amargadas, sufren divorcios y depresiones, tienen sobrepeso, dolores de espalda, diabetes, reuma, almorranas, una hernia, colesterol alto, cánceres, ansiedad, dolores de alma. Son personas de muchos países diferentes y, por circunstancias de la vida, todos han terminado apretujados en el mismo vagón de camino a sus trabajos de mierda. La gente que viaja en Metro es gente fea, son personas mal hechas: personas de poca estatura o muy altas, como palos, y van encorvadas; tienen las cabezas grandes como melones, tienen el pelo grasiento o quemado de tantas sesiones de tinte y peluquerías de barrio; muchas mujeres que van en Metro tienen extrañas barrigas y bultos que sobresalen de sus ajustados pantalones baratos del mercadillo. Llevan gorras con pedrería y muchas cosas que brillan; muchas son mujeres muy pequeñas y, cuando van sentadas, los pies no les llegan al suelo. Muchos señores mayores, cuando logran coger un asiento, sueltan un aliento seguido de un quejido que parece que se vayan a morir en ese momento. La lucha por un asiento es vital, sobre todo si acabas de salir de un turno de doce horas.
¿Y si el tema para mi próximo libro es hacer un diario sobre los trayectos que tengo que hacer en Metro para ir hasta mi trabajo en Lavapiés? Y en ese diario podría hablar de toda esa gente de verdad que normalmente no aparece en las series de Netflix o en las novelas de moda. Sería un libro reivindicativo sobre la gente normal, que fuma y bebe en el bar desde primera hora de la mañana. El libro de los desechos humanos que trabajan en los servicios: camareras de pisos que limpian la caca del váter y te hacen la cama, las personas feas que te sirven las hamburguesas recién hechas en los McDonald’s, o todas esas mujeres que le limpian el culo a tus abuelos. ¿Te imaginas? ¿Pero a quién le va a interesar todo eso?
Dame un buen libro de zombis, de pandemias, de cosas chulas con atracos a bancos y romances imposibles, con mucho sexo y BDSM, viajes espaciales, descubrimientos arqueológicos, muertes, asesinatos, fraudes fiscales, explosiones de CGI, corrupción política, famosos que acabaron siendo juguetes rotos, la bomba atómica y Chernóbil… Joder, no me hables de gente real de mierda que va en Metro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario