Me pongo a escribir con la sensación de estar recibiendo demasiada información. Intento hacer un repaso de todos los acontecimientos: demasiadas sensaciones de golpe, demasiado de todo —como una hostia en toda la cara que nadie esperaba—. Noticias que se actualizan cada cinco minutos, las redes sociales más activas que nunca y un millón de mensajes, vídeos y memes que nos llegan por el móvil. Así es imposible desconectar y pensar en otra cosa.
Fue por enero. Por navidades me puse enfermo y pillé una gripe. Un sábado salí del curro del restaurante japonés para ir a actuar, y esa noche, al volver a casa, cogí frío, o yo qué sé. Al día siguiente volví al trabajo del restaurante, y en el turno de la noche empecé a sentirme tan mal que pensé que me iba a morir. El jefe me vio tan mal que me envió a casa, y me fui directamente a la cama. «Joder, soy un señor de 44 años, soy diabético, espero no vomitar porque ahí sí que me moriré», pensé mientras me tapaba con la manta. Creo que nunca había pasado una gripe tan mala en mi vida, con la fiebre tan alta… Mi novia también se puso mala; nos lo pegamos. Fueron días de cama y de no poder moverme. Recuerdo que me pasé toda una mañana boca arriba, no me podía ni levantar para ir al baño. La Nochevieja la pasamos en la cama; vimos las campanadas en la tablet, con fiebre y los dos hechos una mierda. Después de aquella gripe intenté retomar el trabajo en la cocina, y me seguía sintiendo débil. Dos semanas más tarde me encontraba recuperado y con energías, y mi contrato en el restaurante iba a finalizar; o renovaba o me echaban a la calle. Al final me dejaron en la puta calle (otra vez). Y volví a casa, a mi ansiedad y mi depresión. Madrid solo me había dado disgustos laborales desde que me instalé en la ciudad por el 2018. En mi vida de nuevo como parado, aproveché para pegar un salto a la isla para ver a mi hija e intentar arreglar mis asuntos de paro, por si tenía derecho a alguna prestación. Una mañana me senté en un despacho delante de la mesa de una señora de las oficinas del paro, y me dijo que yo tenía derecho a cobrar doscientos euros, pero que, si los pedía, perdería todo lo que había acumulado del paro.
—Ahora entiendo por qué se queda tanta gente en la calle —le dije a la mujer del paro mientras tenía sus ojos pegados a la pantalla del ordenador.
Salí de esa oficina sin nada y sin futuro laboral. Luego me metí en el bus y, de nuevo, me fui al aeropuerto para volver a Madrid, y me volví a encerrar en casa y en mí mismo. Esas cosas que hacemos los parados de larga duración. Lo de ser artista no me estaba funcionando desde hacía ya bastante tiempo.
Fueron pasando las semanas, y de nuevo seguí recibiendo esa frase que escuché tantas veces en mis días en Madrid: «Si me entero de algo, te digo» y: «Seguro que esto es pasajero, una mala racha, Toni».
Volví a actuar todos los jueves en el Estupenda (el bar de mi amiga Silvia), y con eso fui tirando para hacer mis compras semanales de comida, pero para poco más. Luego me cortaron la línea del móvil porque dejé de pagarlo. Lo sé, de vergüenza ajena todo. Fue por enero cuando empezamos a oír cosas sobre un virus llamado coronavirus. «Joder, los putos chinos, qué locos que están». Lo primero que vi sobre el tema fue en Twitter, con un meme de la Casa Real. Después vimos en las noticias que los chinos estaban construyendo —a toda prisa— un hospital gigante (eso lo habíamos visto en las pelis, ¿pero qué estaba pasando aquí?). «No pasa nada, son chinos, no pilla muy lejos», pensé en ese momento.
En febrero cancelaron el Mobile World Congress, que nadie sabía qué era aquello, y luego nos enteramos de que era un evento muy tocho. «Tiene que ser muy gordo la que se está liando para que se cancele un congreso que genera tanta riqueza». Y pasaron los días: yo seguí en casa, encerrado, y todos los jueves seguí saliendo de casa para ir a actuar, y me metía en el metro e hacía vida normal. El último show fue el jueves cinco de marzo. Ese día, en el metro, vi a dos personas con sus mascarillas puestas: un señor (no sé de qué edad) y, luego, otro señor mayor que no sabía muy bien cómo llevar la mascarilla, y se le empañaban las gafas y casi se cae por las escaleras mecánicas.
Al día siguiente, el viernes 6, celebramos el cumple de mi chica en el bar donde actuaba; vinieron los amigos, bebimos hasta morir, salimos de fiesta, nos abrazamos, hicimos el idiota; las cosas normales que se hacen en un cumpleaños con drogas. Recuerdo también que, un mes antes de eso, por Twitter apareció un vídeo de un cirujano llamado Pedro Cavadas en el que hablaba del virus en plan «no nos están contando la verdad», y en ese momento nos pareció el típico vídeo viral para generar miedo. Internet es eso: miedo, alarma, Tercera Guerra Mundial y fin del mundo todo el tiempo. Y seguimos con nuestras vidas.
Luego murió el doctor que trató de alertar sobre el brote —«madre mía, qué película más increíble va a salir de todo esto»—, pensamos todos los frikis de la ciencia ficción y del terror. Y en esos días muchos volvimos a ver la peli Contagio de Steven Soderbergh, y todo lo de la pandemia ya se contaba en esa peli, y nos puso los pelos de punta.
Después de las noticias de China, el virus finalmente pegó el salto a Europa, y ahí la cosa ya cambió para todos. Primero fue Italia y, luego, nuestro país; primeros casos de personas infectadas por el virus. Voy a tirar de memoria para intentar completar el puzle: lo primero que me viene a la cabeza es la noticia de los alemanes confinados en un hotel en Tenerife. Después de eso vimos algo en Valencia y, luego, Mallorca. Y cuando nuestros políticos ya no podían contarnos más mentiras, de repente, en la tele apareció un tipo llamado Fernando Simón para dar una rueda de prensa, y aquel tipo se nos presentó como el médico experto en pandemias, y tenía aspecto de no haber dormido en años. Hablaba con un fino tono de voz rota y tenía el pelo blanco como un científico loco. A partir de esa primera aparición, Fernando Simón nos fue poniendo al día (cada día había una rueda de prensa) para explicarnos qué estaba pasando en nuestro país y en el mundo. En esas primeras apariciones en los medios, el experto en pandemias nos dijo: «Por ahora no hay que tener miedo, estamos bien, estamos investigando los casos, y no hay razón para que cunda el pánico». Pasaban los días, y siguieron las ruedas de prensa, y nos siguieron diciendo lo mismo: «Son casos aislados, podemos seguir haciendo vida normal, la gripe común mata a más gente, fumar es malo, la música tecno te lleva directamente al infierno, todo va guay, en serio».
El pasado domingo 8 fue el Día de la Mujer, y hubo marchas por toda España con millones de personas en las calles. «Si mi hijo me pregunta si puede ir a la manifestación del 8-M, le diré que haga lo que quiera». El lunes 9 salí de casa por la tarde para hacer una compra de cuatro cosas para comer, lo normal. Y al entrar en el súper me pareció muy raro ver a la gente llenando sus carros hasta los topes. Al volver a casa con la compra, encendí la tele, y dieron la noticia: Madrid decretaba el cierre de colegios y universidades en toda la comunidad. Recibí aquella noticia como el inicio oficial del apocalipsis, porque aquello ya no era China, Alemania o los cuatro guiris confinados en una habitación de hotel; aquello estaba pasando a la vuelta de la esquina, y lo acababa de presenciar en el Mercadona.
En una llamada con mi exmujer, me puse en plan alarmista y señor mayor que se asusta con las noticias de la tele. Pero también soy padre, y quería saber cómo estaban las cosas por la isla y si se iban a cerrar los colegios. «Pues, por el momento, aquí no se sabe nada», me dijo mi exmujer.
El martes 10, Ortega Smith —uno de esos personajes indeseables de VOX—dio positivo en coronavirus, y aparecieron unas imágenes de él moqueando con su pañuelo en un —también indeseable— congreso de VOX. Luego, en un vídeo, salió el presidente de esa formación echándole la culpa al Gobierno. Días más tarde, vimos otro vídeo de Smith, esta vez desde su casa, haciendo ejercicio, cocinando y en su escritorio haciendo como que trabajaba. La tarde del martes salí al Mercadona para hacer una compra normal, lo de siempre: cuatro cosas para comer dos personas, y esta vez fue mi primera compra en el inicio del fin del mundo, y me sentí como Matt Damon en aquella película: la gente corría por los pasillos con los carros arrasando con todo. Esa tarde ya no pude comprar ni leche ni carne, y pensé que la gente era imbécil. Al final compré un par de bolsas de patatas fritas y un refresco, y esas fueron mis previsiones para el fin del mundo. En las horas siguientes, en las aplicaciones de trabajo, todo eran anuncios de gente que se ofrecía para trabajar como cuidadores de niños (de repente vivíamos en un país lleno de maestros titulados para cuidar nenes). ¿Qué estaba pasando aquí? Por la noche, mi amiga del bar me envió un mensaje:
—¿Vas a actuar mañana?
—Pues claro.
—Te lo digo porque me están cancelando todos los shows, y no sé qué voy a hacer, llevo todo el día sin clientes.
Ese jueves, finalmente, se declaró de forma oficial la pandemia mundial, y tuvimos que cancelar el show y todos los planes. Durante el día fuimos cayendo todos: espectáculos cancelados, cierre de salas, rodajes cancelados, cancelado, cancelado. Si no tenías algo que cancelar, no eras nadie. El viernes 13, a las tres y media de la tarde, el Presidente del Gobierno declaró el estado de alarma. Y después de eso, todos volvimos a bajar al Mercadona, y esa vez el papel de váter había volado, porque otra cosa no, pero en el fin del mundo había que tener el culito bien limpio.
En esos días también murió el actor Max von Sydow, pero, como fue por viejo y no por el virus, no fue noticia. También nos enteramos de que Tom Hanks y su esposa se habían contagiado. Joder, si hasta los famosos lo estaban pillando. En aquellos días, encender la tele para poner las noticias se convirtió en un ejercicio de resistencia mental, y seguir hablando del fútbol seguía siendo prioridad: ¿qué iba a pasar con la liga? Vimos un estadio de fútbol con sus seguidores en la puerta, muy indignados, gritando: «¡No nos pueden dejar sin nuestro fútbol!». A este país le quitas el fútbol, la Semana Santa, las concentraciones fascistas y las Fallas, y se te queda en nada.
El sábado 14, el país se puso en cuarentena aplicando todas las medidas del estado de alarma. Sí, yo también fui a la Wikipedia. Y a partir de ahí, el tono ya fue otro, y nos empezamos a enviar mensajes: «¿Cómo lo ves? Qué raro todo, ¿no? ¿Estáis bien por ahí? Dicen que lo van a cerrar todo: tiendas, bares, nos vamos al quiebro».
«No se va a cerrar Madrid» fue otra de las frases más escuchadas en esos días en las noticias. Y luego se inventaron lo del teletrabajo, y el Gobierno animó a todo el mundo a teletrabajar, y nadie entendía muy bien qué querían decir con eso, porque muchos nos quedamos sin trabajo.
Así que los que pudieron se pusieron a teletrabajar desde casa en pijama, con su Mac portátil de última generación y su café recién hecho en su cafetera de máquina de esas caras. En esos días, el móvil también se convirtió en una ametralladora; en la vida me habían llegado tantos vídeos de la comunidad gitana a mis grupos de WhatsApp. Con la cuarentena obligada, de repente, todo un país se vio encerrado en casa. En las horas siguientes apareció el hashtag #QuédateEnCasa, y los famosos millonarios, desde sus mansiones, nos animaban a quedarnos en casa. La verdad es que la vida es mejor cuando tienes una piscina interior y un salón más grande que un campo de fútbol. Cuando arrancó la pandemia, mi pareja y yo ya llevábamos doce días metidos en casa, yo desde enero, sin trabajo y sin ingresos. Mi novia tenía que empezar en un nuevo trabajo, y no fue posible, así que empezamos a improvisar para ir viviendo al día. No había un manual en ninguna parte para saber cómo se hacía todo aquello.
En aquellos días, volver a hacer la compra se convirtió en mis pequeños momentos de paz y relajación; de repente, todo el mundo aguardaba en silencio haciendo cola para entrar en el supermercado, y la gente ya no pudo hacer más el imbécil, porque se estableció un orden de racionamiento: ya no te podías llevar a casa todo el papel de váter y toda la carne que pillaras. Fueron pasando las semanas, y todo siguió siendo raro, porque para todos fue como una especie de experimento, y lo que habíamos visto en la ciencia ficción, de repente, traspasó la pantalla. A las tres de la tarde, Pedro Sánchez volvió a aparecer en las noticias, y al día siguiente hubo otro directo, esta vez desde el Congreso. Tuve la sensación de que nunca antes nos habíamos comunicado tanto; ya sea haciendo directos, videollamadas o enviándonos mensajes a todas horas.
Cuando me fui al quiebro económicamente, me fue imposible pagar el alquiler del piso, ¿y el mes que viene qué?, me pregunté, como tanta gente, pero nadie daba respuesta a eso. «En el futuro hablaremos de este tiempo raro», pensamos en esos días. Después de todo lo sucedido, ¿habrá realmente un ajuste social y político?