martes, 1 de abril de 2025

Final del partido

 

 


 

 Siete y cuarto de la tarde de este esplendoroso día, y de nuevo ha vuelto a ser otra tarde de esas, como en esa película en la que se repite el mismo día. Y he vuelto a salir de casa y me he vuelto a quedar pegado en un banco de la plaza, como un abuelito tomando el sol. Demasiadas horas de luz para estar expuesto al fracaso, demasiadas horas al día —sin un trabajo de verdad— para comerme la cabeza. Y de nuevo me he vuelto a meter en la cafetería y me he sentado al lado de una decoración repleta de conejitos adorables (por eso de la Pascua), y esa performance de conejos me ha recordado a David Lynch, como si hubiese sido una de sus travesuras. Una de las camareras (una chica joven de mi edad), que casi siempre me atiende, ya se habrá preguntado qué cojones estaré haciendo todas las tardes entrando por la puerta arrastrando mis Vans y pasándome las horas sin hacer nada productivo, mirando Instagram y tomando café.
En estos días no paro de entrar en Jobtoday, Infojobs y otras aplicaciones con la esperanza de encontrar el trabajo que me devuelva a la vida, y he picado en ofertas para ser conductor, repartidor de cosas, lavaplatos, jefe de obra, aparejador y ayudante de cocina. En un venirme arriba, incluso me he apuntado en una oferta para ser director de hotel, por la broma, por la risa. Y también he seguido picando en cientos de perfiles de mujeres de Tinder y Bumble, y, aunque sepa que en esas aplicaciones tampoco hay nada para mí, lo sigo intentando, como lo de ser artista, pero porque no tengo nada mejor que hacer. Si ya sé en lo que fracaso bien, ¿para qué voy a dejarlo?
En mi paseo de vuelta a casa, cuando he pasado por delante de unos contenedores de basura, en el suelo, dentro de una caja de cartón, he visto la foto enmarcada de un perro junto con otros trastos abandonados. He visto la foto y no me he podido resistir y la he cogido, y he sentido lástima al pensar que esa foto de ese perro ya no la querían sus dueños, el perro que una vez llenó una casa de vida y amor. En la foto, el perro aparece feliz atado con una cadena a la valla de una casa de campo, y digo que parece feliz porque está sacando la lengua y no tiene los ojos tristes. De vuelta a casa y con la foto del perro bajo el brazo, he ido pensando que su recuerdo seguiría vivo dentro de mi habitación, en mi estantería junto con mis libros, y si en un futuro vuelvo a meter a una amante en mi habitación y me pregunta por la foto, le diré que ese perro una vez me salvó la vida, y no le diré nada más, pero para hacerme el interesante.
Después de dejar al perro en su sitio, he abierto mi correo y he visto que tenía un mensaje de una productora; era un mail escrito por un robot que me decía que la productora no recibía proyectos externos, ni guiones, dossiers ni nada. Y este ha sido otro mail de rechazo de los mil millones que llevo recibiendo en estos años proponiendo mis cosas. Es raro pensar que la vida al final se ha convertido en esto: propones cosas creativas y, a cambio, recibes la respuesta de una máquina.
No sé, sigo pensando que no se me daría mal lo de ser director de hotel, incluso he fantaseado con la idea de verme en medio de un incendio y yo accionando la alarma en un pasillo y guiando a todos los clientes fuera del hotel, y en el parking, los clientes más ancianos me alzarían como a un muñeco en el final de un partido. «No será recordado como un buen director de hotel, pero al menos le salvó la vida a toda aquella gente en el incendio del verano del 2025».

domingo, 23 de marzo de 2025

Artes marciales en Tirso




Toni, 42 años, padre, señor diabético y destruido. Después de muchos meses en Madrid buscando trabajo —de lo mío, de lo otro, de otra cosa—, me apareció una notificación de JobToday. Ahora los sueños venían acompañados de notificaciones laborales. En un mensaje privado me pidieron mi número, lo di y, a los pocos minutos, me llamó un hombre con voz de jefe, con ese tonito de “qué responsable que soy”.
—¿Te puedes pasar mañana para hacer una entrevista? —me preguntó el jefe.
—Claro, ¿dónde está el sitio? Puedo ir ahora mismo si quieres —le dije con la voz de alguien desesperado que llevaba meses sin encontrar un trabajo.
—Vente mejor mañana sobre las doce.  
El local: un restaurante de modernos cerca de Tirso de Molina, un sitio con buen aspecto, amplio, con su decoración para parecer un sitio caro (todo fachada), para llevar a tus citas de Tinder y aparentar tener buen gusto escogiendo restaurantes. Cuando entré por la puerta, me pareció un buen sitio para trabajar (siempre cometiendo los mismos errores). Me presenté en la cocina, apareció el jefe y me senté con él en una mesa del restaurante. Aún no eran las doce del mediodía y el primer turno empezaba a la una. El jefe no sabía nada de mí, ni yo de él, y eso siempre había sido lo más difícil de empezar en un nuevo sitio: te tienes que ganar al jefe y al equipo desde cero.
—He visto tu currículum y sé que eres ayudante de cocina, pero ahora mismo necesito un lavaplatos para cubrir una baja.
—Lo que me ofrezcas me parece bien porque ahora mismo no tengo nada y necesito trabajar —le dije con ese tono.  
Luego el jefe me dijo las condiciones: el horario, el sueldo, las propinas, lo de las vacaciones y todo lo que tendría que hacer en mi puesto de trabajo. Y mientras me iba poniendo al día de todo, a mí me pareció bien porque ya conocía el tipo de trabajo que era y no creía que me fuera a asustar. La hostelería siempre es un asco: te tratan mal, está mal pagada, mentalmente te destruye, tus compañeros suelen ser una mierda de personas y es imposible que te sientas realizado profesionalmente, sin hablar de todo el dolor físico que supone estar tantas horas haciendo trabajo de carga. Y como el jefe me vio con buena actitud, no salí corriendo en ningún momento y él estaría desesperado por encontrar a alguien para cubrir esa baja, firmé mi contrato para empezar al día siguiente. Después de eso, llamé a mi padre para darle la buena noticia: su hijo divorciado, que solo le llamaba para darle malas noticias, ahora le llamaba para decirle que iba a ser el mejor lavaplatos de Madrid.  
Mis primeros días en aquella cocina empezaron bien, o al menos fueron soportables. Empecé un martes en un día tranquilo y, entre semana, podía llevar bien el trabajo porque la zona se ponía a reventar los fines de semana. Mi espacio de trabajo era un pequeño cuartucho con una pequeña máquina de lavado, la típica máquina de bares que va guay para limpiar las cuatro copas, pero no para meter gran cantidad de platos sucios y cubertería a la vez, y esto es algo que ya había visto en otros restaurantes: el volumen del restaurante crece, pero el espacio para lavar cada vez se hace más pequeño. La carta crece y el volumen de trabajo crece, pero lo más importante del restaurante no se cuida, y me refiero a la higiene. Y como a los empresarios les va bien, de vez en cuando hacen alguna reforma, tiran paredes para poner más mesas y todo eso genera más platos y ollas que limpiar.  
En esos primeros días pude sacar el trabajo, ya digo, fueron días relajados de poco movimiento.
—Prepárate para mañana —me advirtió uno de mis compañeros filipinos de la cocina. Se refería al primer viernes que estaría con ellos. Mi compañero me pareció un buen tipo y, en esos primeros días, conté como unos cinco filipinos, y cada día que entraba en el restaurante me presentaban a un nuevo compañero de cocina filipino. Como esperaba, ese viernes hubo mucho trabajo y el sábado fue una locura con unas doscientas reservas, más todo lo que vendría sin avisar (los restaurantes son así). El comedor era gigante y todos los clientes venían hambrientos, y en Madrid se cena muy tarde, otra cosa que nunca entendí en mis años viviendo allí: ¿por qué la gente salía a cenar a las once de la noche? Incluso teníamos mesas a reventar con clientes cenando a la una de la madrugada, pero si yo a las ocho de la tarde ya estoy pensando en meterme en la cama.  
Ese primer sábado que me comió el volumen de trabajo (aquello era imposible), apareció mi jefe a mi espalda y me dijo: «Sé que son los primeros días y tendré paciencia». También me dijo que entendía que yo había empezado en el peor momento del año, cuando había más trabajo; no sé, en mis cinco años viviendo en la capital siempre me parecieron el peor momento. «Yo nunca he currado fregando, pero sé que es duro», añadió mi jefe, luego salió del cuartucho. En ese momento, esas palabras me dejaron tranquilo porque pensé que había dado con un jefe comprensivo. Y seguí trabajando como una bestia.  
Los camareros descargaban sus bandejas a reventar de platos, cubiertos, cuencos, vasos y copas sucias y me lo iban pasando todo por un pequeño agujero por el que me era muy incómodo alcanzarlo todo. Y cuando el comedor se ponía a tope, todo me llegaba sucio de golpe y ese pequeño agujero (pasador) dejaba de tener sentido. Y como no daba abasto, los camareros cada vez se iban poniendo más nerviosos porque no encontraban espacio libre para aparcar sus bandejas cargadas. Y a todo eso, añádele todas las ollas y sartenes —en su mayoría quemadas— que me iban trayendo de la cocina y que tenía que dejar un rato en remojo para ablandarlas porque aquello era imposible de rascar. Cada hora que pasaba en ese sitio tenía que correr más y pensar en una estrategia para sacar todo aquello adelante. Y aquí viene otra parte superdivertida: la figura de «la chica del office», o responsable de ir secando y repasando las cosas que iban saliendo de la máquina (esta figura suele pertenecer al equipo del comedor), en el restaurante no existía, o al menos yo no la conocí en el tiempo que estuve con ellos. Así que, además de hacer todo mi trabajo de lavaplatos, también tenía que hacer el trabajo de ir sacando las cosas, secarlas y colocarlas en su sitio de la cocina y el comedor. «Genial, pues tendré que hacer el trabajo de dos personas».  
En los ratos que me pasaba colocando las cosas en su sitio, la máquina se quedaba sola y los platos sucios se iban acumulando cada vez más, y todo aquello era una puta mierda y era imposible sacar el trabajo. Ese primer fin de semana, dos compañeros filipinos de la cocina se metieron en el pequeño cuartucho conmigo; en un principio pensé que entraban para ayudarme, pero lo que hicieron fue ocupar mi puesto y echarme del cuartucho (literalmente me quedé fuera mirando sin entender nada). Los filipinos se pusieron a hablar entre ellos (en su idioma, claro), y yo me quedé de pie, como un gilipollas, y no había espacio para mí porque aquel cuartucho era una caja de cerillas.  
Al ver cómo curraban, mi primera sensación fue la de pensar: «Joder, qué duros son los filipinos, qué rápidos y eficaces son. No se quejan de nada. Con los años han ido tragando y han cerrado la boca, así es la explotación laboral». Pasado un rato —y con los dos filipinos ocupando mi espacio—, el jefe volvió para decirme: «Nunca había visto esto así de mal. Los filipinos siempre lo sacan». Y esa frase se me quedó grabada. «Ellos me lo sacan, los filipinos, tú no lo sacas».  
En un intento de acercarse a mí, uno de mis compañeros me quiso dar una clase de cómo se fregaban correctamente los platos. Y lo que vi a continuación fue uno de los momentos más surrealistas que he presenciado dentro de una cocina: el señor filipino fue cogiendo los platos sucios —a una velocidad supersónica— y les pasaba un estropajo (con más mierda que un tubo de escape), y con una destreza como de artes marciales, fue metiendo los platos “repasados” dentro de la máquina. No llegué a saber si era cierto eso de que los filipinos «se lo sacaban» porque pasé muy poco tiempo con ellos y nunca vi a una sola persona sacando todo aquel trabajo. Lo que vi claro es que, si intentaba alcanzar la velocidad de aquellos tíos, me acabaría petando el corazón dentro de aquel cuartucho. Y lo último que quería hacer en mi vida era morirme en un restaurante en Madrid.  
En los siguientes días me volvió a pasar lo mismo: me ponía a correr para intentar sacar el trabajo, me acababa hundiendo y entraba un filipino para echarme un cable. En esos primeros días nunca pregunté por el horario porque sabía que estaba metido en un restaurante; una noche salí sobre las doce de la noche y me pareció guay, y otro sábado salí casi a las tres de la madrugada, y aquello ya no me moló nada. «Ellos lo sacan».  
Fui pasando los días como pude, pero en ningún momento logré hacer milagros para duplicarme y hacer el trabajo de tres personas. Nunca entendí cómo habíamos podido llegar a una situación tan esclavista en la que a los empresarios y jefes les parece normal que una persona tuviese que sacar adelante el trabajo corriendo mucho y haciendo artes marciales.  
Una mañana me metí en el bus para ir a trabajar y, subiendo por la Latina, nos metimos en un atasco. Me puse muy nervioso pensando en que llegaría tarde al restaurante; le envié un mensaje a mi jefe y me dijo: «Tranquilo, no hace falta que corras porque no vas a volver a trabajar con nosotros».  


viernes, 21 de marzo de 2025

DIARIO PARA UN FIN DEL MUNDO

 

 

 

 

 Me pongo a escribir con la sensación de estar recibiendo demasiada información. Intento hacer un repaso de todos los acontecimientos: demasiadas sensaciones de golpe, demasiado de todo —como una hostia en toda la cara que nadie esperaba—. Noticias que se actualizan cada cinco minutos, las redes sociales más activas que nunca y un millón de mensajes, vídeos y memes que nos llegan por el móvil. Así es imposible desconectar y pensar en otra cosa.
  Fue por enero. Por navidades me puse enfermo y pillé una gripe. Un sábado salí del curro del restaurante japonés para ir a actuar, y esa noche, al volver a casa, cogí frío, o yo qué sé. Al día siguiente volví al trabajo del restaurante, y en el turno de la noche empecé a sentirme tan mal que pensé que me iba a morir. El jefe me vio tan mal que me envió a casa, y me fui directamente a la cama. «Joder, soy un señor de 44 años, soy diabético, espero no vomitar porque ahí sí que me moriré», pensé mientras me tapaba con la manta. Creo que nunca había pasado una gripe tan mala en mi vida, con la fiebre tan alta… Mi novia también se puso mala; nos lo pegamos. Fueron días de cama y de no poder moverme. Recuerdo que me pasé toda una mañana boca arriba, no me podía ni levantar para ir al baño. La Nochevieja la pasamos en la cama; vimos las campanadas en la tablet, con fiebre y los dos hechos una mierda. Después de aquella gripe intenté retomar el trabajo en la cocina, y me seguía sintiendo débil. Dos semanas más tarde me encontraba recuperado y con energías, y mi contrato en el restaurante iba a finalizar; o renovaba o me echaban a la calle. Al final me dejaron en la puta calle (otra vez). Y volví a casa, a mi ansiedad y mi depresión. Madrid solo me había dado disgustos laborales desde que me instalé en la ciudad por el 2018. En mi vida de nuevo como parado, aproveché para pegar un salto a la isla para ver a mi hija e intentar arreglar mis asuntos de paro, por si tenía derecho a alguna prestación. Una mañana me senté en un despacho delante de la mesa de una señora de las oficinas del paro, y me dijo que yo tenía derecho a cobrar doscientos euros, pero que, si los pedía, perdería todo lo que había acumulado del paro.
—Ahora entiendo por qué se queda tanta gente en la calle —le dije a la mujer del paro mientras tenía sus ojos pegados a la pantalla del ordenador.  
Salí de esa oficina sin nada y sin futuro laboral. Luego me metí en el bus y, de nuevo, me fui al aeropuerto para volver a Madrid, y me volví a encerrar en casa y en mí mismo. Esas cosas que hacemos los parados de larga duración. Lo de ser artista no me estaba funcionando desde hacía ya bastante tiempo.
Fueron pasando las semanas, y de nuevo seguí recibiendo esa frase que escuché tantas veces en mis días en Madrid: «Si me entero de algo, te digo» y: «Seguro que esto es pasajero, una mala racha, Toni».
Volví a actuar todos los jueves en el Estupenda (el bar de mi amiga Silvia), y con eso fui tirando para hacer mis compras semanales de comida, pero para poco más. Luego me cortaron la línea del móvil porque dejé de pagarlo. Lo sé, de vergüenza ajena todo. Fue por enero cuando empezamos a oír cosas sobre un virus llamado coronavirus. «Joder, los putos chinos, qué locos que están». Lo primero que vi sobre el tema fue en Twitter, con un meme de la Casa Real. Después vimos en las noticias que los chinos estaban construyendo —a toda prisa— un hospital gigante (eso lo habíamos visto en las pelis, ¿pero qué estaba pasando aquí?). «No pasa nada, son chinos, no pilla muy lejos», pensé en ese momento.
En febrero cancelaron el Mobile World Congress, que nadie sabía qué era aquello, y luego nos enteramos de que era un evento muy tocho. «Tiene que ser muy gordo la que se está liando para que se cancele un congreso que genera tanta riqueza». Y pasaron los días: yo seguí en casa, encerrado, y todos los jueves seguí saliendo de casa para ir a actuar, y me metía en el metro e hacía vida normal. El último show fue el jueves cinco de marzo. Ese día, en el metro, vi a dos personas con sus mascarillas puestas: un señor (no sé de qué edad) y, luego, otro señor mayor que no sabía muy bien cómo llevar la mascarilla, y se le empañaban las gafas y casi se cae por las escaleras mecánicas.
  Al día siguiente, el viernes 6, celebramos el cumple de mi chica en el bar donde actuaba; vinieron los amigos, bebimos hasta morir, salimos de fiesta, nos abrazamos, hicimos el idiota; las cosas normales que se hacen en un cumpleaños con drogas. Recuerdo también que, un mes antes de eso, por Twitter apareció un vídeo de un cirujano llamado Pedro Cavadas en el que hablaba del virus en plan «no nos están contando la verdad», y en ese momento nos pareció el típico vídeo viral para generar miedo. Internet es eso: miedo, alarma, Tercera Guerra Mundial y fin del mundo todo el tiempo. Y seguimos con nuestras vidas.
Luego murió el doctor que trató de alertar sobre el brote —«madre mía, qué película más increíble va a salir de todo esto»—, pensamos todos los frikis de la ciencia ficción y del terror. Y en esos días muchos volvimos a ver la peli Contagio de Steven Soderbergh, y todo lo de la pandemia ya se contaba en esa peli, y nos puso los pelos de punta.
Después de las noticias de China, el virus finalmente pegó el salto a Europa, y ahí la cosa ya cambió para todos. Primero fue Italia y, luego, nuestro país; primeros casos de personas infectadas por el virus. Voy a tirar de memoria para intentar completar el puzle: lo primero que me viene a la cabeza es la noticia de los alemanes confinados en un hotel en Tenerife. Después de eso vimos algo en Valencia y, luego, Mallorca. Y cuando nuestros políticos ya no podían contarnos más mentiras, de repente, en la tele apareció un tipo llamado Fernando Simón para dar una rueda de prensa, y aquel tipo se nos presentó como el médico experto en pandemias, y tenía aspecto de no haber dormido en años. Hablaba con un fino tono de voz rota y tenía el pelo blanco como un científico loco. A partir de esa primera aparición, Fernando Simón nos fue poniendo al día (cada día había una rueda de prensa) para explicarnos qué estaba pasando en nuestro país y en el mundo. En esas primeras apariciones en los medios, el experto en pandemias nos dijo: «Por ahora no hay que tener miedo, estamos bien, estamos investigando los casos, y no hay razón para que cunda el pánico». Pasaban los días, y siguieron las ruedas de prensa, y nos siguieron diciendo lo mismo: «Son casos aislados, podemos seguir haciendo vida normal, la gripe común mata a más gente, fumar es malo, la música tecno te lleva directamente al infierno, todo va guay, en serio».
  El pasado domingo 8 fue el Día de la Mujer, y hubo marchas por toda España con millones de personas en las calles. «Si mi hijo me pregunta si puede ir a la manifestación del 8-M, le diré que haga lo que quiera». El lunes 9 salí de casa por la tarde para hacer una compra de cuatro cosas para comer, lo normal. Y al entrar en el súper me pareció muy raro ver a la gente llenando sus carros hasta los topes. Al volver a casa con la compra, encendí la tele, y dieron la noticia: Madrid decretaba el cierre de colegios y universidades en toda la comunidad. Recibí aquella noticia como el inicio oficial del apocalipsis, porque aquello ya no era China, Alemania o los cuatro guiris confinados en una habitación de hotel; aquello estaba pasando a la vuelta de la esquina, y lo acababa de presenciar en el Mercadona.
 En una llamada con mi exmujer, me puse en plan alarmista y señor mayor que se asusta con las noticias de la tele. Pero también soy padre, y quería saber cómo estaban las cosas por la isla y si se iban a cerrar los colegios. «Pues, por el momento, aquí no se sabe nada», me dijo mi exmujer.
El martes 10, Ortega Smith —uno de esos personajes indeseables de VOX—dio positivo en coronavirus, y aparecieron unas imágenes de él moqueando con su pañuelo en un —también indeseable— congreso de VOX. Luego, en un vídeo, salió el presidente de esa formación echándole la culpa al Gobierno. Días más tarde, vimos otro vídeo de Smith, esta vez desde su casa, haciendo ejercicio, cocinando y en su escritorio haciendo como que trabajaba. La tarde del martes salí al Mercadona para hacer una compra normal, lo de siempre: cuatro cosas para comer dos personas, y esta vez fue mi primera compra en el inicio del fin del mundo, y me sentí como Matt Damon en aquella película: la gente corría por los pasillos con los carros arrasando con todo. Esa tarde ya no pude comprar ni leche ni carne, y pensé que la gente era imbécil. Al final compré un par de bolsas de patatas fritas y un refresco, y esas fueron mis previsiones para el fin del mundo. En las horas siguientes, en las aplicaciones de trabajo, todo eran anuncios de gente que se ofrecía para trabajar como cuidadores de niños (de repente vivíamos en un país lleno de maestros titulados para cuidar nenes). ¿Qué estaba pasando aquí? Por la noche, mi amiga del bar me envió un mensaje:
—¿Vas a actuar mañana?
—Pues claro.
—Te lo digo porque me están cancelando todos los shows, y no sé qué voy a hacer, llevo todo el día sin clientes.
Ese jueves, finalmente, se declaró de forma oficial la pandemia mundial, y tuvimos que cancelar el show y todos los planes. Durante el día fuimos cayendo todos: espectáculos cancelados, cierre de salas, rodajes cancelados, cancelado, cancelado. Si no tenías algo que cancelar, no eras nadie. El viernes 13, a las tres y media de la tarde, el Presidente del Gobierno declaró el estado de alarma. Y después de eso, todos volvimos a bajar al Mercadona, y esa vez el papel de váter había volado, porque otra cosa no, pero en el fin del mundo había que tener el culito bien limpio.  
  En esos días también murió el actor Max von Sydow, pero, como fue por viejo y no por el virus, no fue noticia. También nos enteramos de que Tom Hanks y su esposa se habían contagiado. Joder, si hasta los famosos lo estaban pillando. En aquellos días, encender la tele para poner las noticias se convirtió en un ejercicio de resistencia mental, y seguir hablando del fútbol seguía siendo prioridad: ¿qué iba a pasar con la liga? Vimos un estadio de fútbol con sus seguidores en la puerta, muy indignados, gritando: «¡No nos pueden dejar sin nuestro fútbol!». A este país le quitas el fútbol, la Semana Santa, las concentraciones fascistas y las Fallas, y se te queda en nada.
  El sábado 14, el país se puso en cuarentena aplicando todas las medidas del estado de alarma. Sí, yo también fui a la Wikipedia. Y a partir de ahí, el tono ya fue otro, y nos empezamos a enviar mensajes: «¿Cómo lo ves? Qué raro todo, ¿no? ¿Estáis bien por ahí? Dicen que lo van a cerrar todo: tiendas, bares, nos vamos al quiebro».
«No se va a cerrar Madrid» fue otra de las frases más escuchadas en esos días en las noticias. Y luego se inventaron lo del teletrabajo, y el Gobierno animó a todo el mundo a teletrabajar, y nadie entendía muy bien qué querían decir con eso, porque muchos nos quedamos sin trabajo.
  Así que los que pudieron se pusieron a teletrabajar desde casa en pijama, con su Mac portátil de última generación y su café recién hecho en su cafetera de máquina de esas caras. En esos días, el móvil también se convirtió en una ametralladora; en la vida me habían llegado tantos vídeos de la comunidad gitana a mis grupos de WhatsApp. Con la cuarentena obligada, de repente, todo un país se vio encerrado en casa. En las horas siguientes apareció el hashtag #QuédateEnCasa, y los famosos millonarios, desde sus mansiones, nos animaban a quedarnos en casa. La verdad es que la vida es mejor cuando tienes una piscina interior y un salón más grande que un campo de fútbol. Cuando arrancó la pandemia, mi pareja y yo ya llevábamos doce días metidos en casa, yo desde enero, sin trabajo y sin ingresos. Mi novia tenía que empezar en un nuevo trabajo, y no fue posible, así que empezamos a improvisar para ir viviendo al día. No había un manual en ninguna parte para saber cómo se hacía todo aquello.
  En aquellos días, volver a hacer la compra se convirtió en mis pequeños momentos de paz y relajación; de repente, todo el mundo aguardaba en silencio haciendo cola para entrar en el supermercado, y la gente ya no pudo hacer más el imbécil, porque se estableció un orden de racionamiento: ya no te podías llevar a casa todo el papel de váter y toda la carne que pillaras. Fueron pasando las semanas, y todo siguió siendo raro, porque para todos fue como una especie de experimento, y lo que habíamos visto en la ciencia ficción, de repente, traspasó la pantalla. A las tres de la tarde, Pedro Sánchez volvió a aparecer en las noticias, y al día siguiente hubo otro directo, esta vez desde el Congreso. Tuve la sensación de que nunca antes nos habíamos comunicado tanto; ya sea haciendo directos, videollamadas o enviándonos mensajes a todas horas.
 Cuando me fui al quiebro económicamente, me fue imposible pagar el alquiler del piso, ¿y el mes que viene qué?, me pregunté, como tanta gente, pero nadie daba respuesta a eso. «En el futuro hablaremos de este tiempo raro», pensamos en esos días. Después de todo lo sucedido, ¿habrá realmente un ajuste social y político?


sábado, 8 de marzo de 2025

La Crawford de Usera

 

 

 


 

La gente guapa no va en Metro, de verdad: no hay modelos de pasarela de la alta costura en los vagones. Ninguna modelo se ha sentado jamás delante de mí a las ocho de la mañana, con la cara destruida, descompuesta, recién levantada y sin maquillar. Ninguna modelo profesional vive en un barrio pobre y coge el metro para ir hasta el centro a hacer sus sesiones de fotos. No te imaginas a Cindy Crawford yendo en Metro, ¿verdad? Lo más seguro es que no sepas ni quién es esa tal Crawford, porque ya es una señora de 56 años, y las mujeres con esa edad ya no existen ni salen en las portadas de las revistas. No te imaginas a Cindy Crawford cocinando un pollo en un pequeño piso, o poniendo una lavadora, o haciendo una compra en el Hiper Usera. La Crawford jamás haría esas cosas.
  He cogido el Metro miles de veces y, por mi experiencia, te digo que la gente guapa no va en Metro. Me he pasado el rato de esos trayectos observando a la gente (manías de guionista), y la gente que viaja en Metro son personas que normalmente están en la mierda: personas normales que van a trabajar cada día y a las que no les importa viajar de pie, apretujados con otras personas que también están apretujadas. Esas personas (del mundo real) viven amargadas, sufren divorcios y depresiones, tienen sobrepeso, dolores de espalda, diabetes, reuma, almorranas, una hernia, colesterol alto, cánceres, ansiedad, dolores de alma. Son personas de muchos países diferentes y, por circunstancias de la vida, todos han terminado apretujados en el mismo vagón de camino a sus trabajos de mierda. La gente que viaja en Metro es gente fea, son personas mal hechas: personas de poca estatura o muy altas, como palos, y van encorvadas; tienen las cabezas grandes como melones, tienen el pelo grasiento o quemado de tantas sesiones de tinte y peluquerías de barrio; muchas mujeres que van en Metro tienen extrañas barrigas y bultos que sobresalen de sus ajustados pantalones baratos del mercadillo. Llevan gorras con pedrería y muchas cosas que brillan; muchas son mujeres muy pequeñas y, cuando van sentadas, los pies no les llegan al suelo. Muchos señores mayores, cuando logran coger un asiento, sueltan un aliento seguido de un quejido que parece que se vayan a morir en ese momento. La lucha por un asiento es vital, sobre todo si acabas de salir de un turno de doce horas.
  ¿Y si el tema para mi próximo libro es hacer un diario sobre los trayectos que tengo que hacer en Metro para ir hasta mi trabajo en Lavapiés? Y en ese diario podría hablar de toda esa gente de verdad que normalmente no aparece en las series de Netflix o en las novelas de moda. Sería un libro reivindicativo sobre la gente normal, que fuma y bebe en el bar desde primera hora de la mañana. El libro de los desechos humanos que trabajan en los servicios: camareras de pisos que limpian la caca del váter y te hacen la cama, las personas feas que te sirven las hamburguesas recién hechas en los McDonald’s, o todas esas mujeres que le limpian el culo a tus abuelos. ¿Te imaginas? ¿Pero a quién le va a interesar todo eso?
  Dame un buen libro de zombis, de pandemias, de cosas chulas con atracos a bancos y romances imposibles, con mucho sexo y BDSM, viajes espaciales, descubrimientos arqueológicos, muertes, asesinatos, fraudes fiscales, explosiones de CGI, corrupción política, famosos que acabaron siendo juguetes rotos, la bomba atómica y Chernóbil… Joder, no me hables de gente real de mierda que va en Metro.

jueves, 6 de marzo de 2025

Abuelos

 


 

Siempre que me topo con un anuncio de la desaparición de un abuelo perdido (ya sea en un folio mal pegado en una farola o en una publicación de Twitter), siempre me hago la misma pregunta: ¿y si todo este tiempo ha sido el mismo abuelo? No quiero que se me mal interprete, y tampoco me gusta jugar con el humor negro, pero, coño, pasada una edad, sobre todo si no te has cuidado, todos los señores de ochenta años parecen el mismo. ¿Para qué cojones queréis encontrar a ese abuelo perdido si siempre habéis pasado de él? Me pasa lo mismo cuando me encuentro carteles de periquitos perdidos por la zona. ¿De verdad vives en un mundo de fantasía en el que crees que tu periquito va a ser encontrado para volver a casa para seguir encerrado en una jaula?

 Y volviendo al tema de los abuelos; hace un par de años, cuando vivía en Madrid, volví a Mallorca unos días para visitar a mi padre, y cuando llegué a su casa él no estaba. En ese momento pensé que estaría en algún bar esquinero y salí en su búsqueda. Empecé la ruta de bares y al llegar al primero, me fije en que estaba repleto de señores mayores como mi padre, y aquello era como un Busca a Wally; todos esos señores jubilados con su ropa de gente mayor, sus grandes barrigas de beber y comer mal, y todos con sus gorras de ancianos.
  Un rato más tarde, y después de analizar el tema de los ancianos, me metí en la cama para echar una siesta y ya no me pude dormir pensando en los abuelos: empecé a idear una extraña historia para una película en la que treinta años más tarde, empezaban a aparecer todos esos abuelos perdidos y, muchos de ellos aparecían en el bosque y volvían a sus casas; los abuelos seguían con el mismo aspecto que tenían cuando se perdieron (abuelos y abuelas de entre 70 y 80 años), y al volver a sus casas, todo el mundo había envejecido porque habían pasado treinta años, y sus hijos ahora eran muy mayores y sus nietos también.
 Mientras pensaba en la historia y en cómo rodarla, me emocionaba cada vez más, ¿así cómo coño me iba a dormir? Y empecé a idear un casting para mi peli pero con actores americanos: Jeff Bridges podría ser uno de los hijos, y pensé en Susan Sarandon (casi nada), Julia Roberts, Edward Norton, y estos serían los papeles para los hijos; y de nietos pensé en gente de entre 37 y treinta y muchos, como Jennifer Lawrence y Zendaya. Dios mío, no podía parar de crear… Luego pensé en levantarme de la cama para empezar a escribir el guion con el título «Los abuelos perdidos del espacio», porque si habían estado perdidos durante tantos años, y habían vuelto 30 años más tarde, y seguían con el mismo aspecto, es que por medio tenía que haber alguna movida extraterrestre, y eso tampoco supondría ningún problema de presupuesto, porque a  la hora de escribir, no me haría falta enseñar ninguna nave, ni a ningún ser extraterrestre; lo podría escribir todo como una especie de peli pequeña de ciencia ficción muy indie, de esas que pasan por festivales y ganan un montón de premios. Luego me imaginé en un festival en Toronto, y después del pase de mi peli, todo el mundo se ponía de pie, y sin darme cuenta, a mí lado tenía a Tarantino llorando y aplaudiendo; luego Quentin me daba un abrazo y me decía al oído: «es el mejor film de ciencia ficción que se ha hecho en la historia».
 En el momento en el que decidí levantarme de la cama, me vino de golpe una imagen de la película Cocoon (aquella fantástica película de los ochenta con ancianos y extraterrestres). Después de pensar en Cocoon ya no vi ningún motivo para levantarme a escribir y me quedé dormido.

sábado, 22 de febrero de 2025

Jamás podría escribir un diario

 ¿Ya he dicho que esto es un sábado? ¿Y si la semana que viene pasan cosas y me llaman de por todos lados y de repente tengo un montón de trabajo y le tengo que decir que no a cosas?

 Antes de las cuatro de la tarde me despierto de mi siesta. Me como un yogur en la cama y me quedo un rato mirando y acariciando a la gata; por el momento mi compañía más fiel. La gata Lola no me va a calentar la cabeza con sus dramas, ni me va a taladrar con la última serie que ha visto, o que si tengo que ver tal película porque es la mejor del mundo; ella simplemente es una gata preciosa que duerme a mis pies.
 Hago tiempo antes de salir de casa. A las cinco abre mi cafetería, y me pasaré allí un par de horas leyendo y tomando café. Puede que no haga mucho más hoy, o puede que lo esté dando todo mientras escribo esto. En estos días he visto The Brutalist, que me ha gustado mucho. El sol del futuro, del siempre brillante Nanni Moretti. Y anoche vi La acompañante, que va sobre una chica robot, y me ha parecido muy divertida. Al final el futuro era esto: hombres solos que pasan sus días encerrados mirando pelis.
 Esta mañana, después de mi desayuno, he salido a dar mi paseo por la playa, algo que no puede decir todo el mundo: tener la playa a unos minutos siempre es un lujo, el paraíso. Pero también es una maldición, porque todo ese mar me separa de mil cosas que me gustaría hacer, y me recuerda siempre que vivo atrapado en una isla. Durante mi paseo, mientras me iba cruzando con mil viejos (casi todos diabéticos y con problemas del corazón), he vuelto a tener la sensación de inicio de la temporada, con todos esos viejos buscando los rallos de sol de mediados de febrero. Y también he visto a una chica rubia en bikini tomando el sol en la arena, tumbada bocabajo; visión idílica que me ha roto ver a un viejo gordo metido en el mar, bañándose hasta las rodillas. Al terminar mi paseo, me he metido en el supermercado Eroski, y la cola para pagar perfectamente podría haber dado tres vueltas a la manzana. Después de coger café, una botella de agua y dos Kas naranja zero, he pasado por la caja, y la señora cajera (una cincuentona con los brazos tatuados), le ha dicho a otro cliente que estaba delante de mí, que las máquinas de autoservicio se habían roto. «Mejor, así tendréis trabajo», le ha dicho, y me ha parecido un pensamiento muy sabio.

La cafetería estaba a reventar de gente mayor; los viejos de vacaciones de invierno, un clásico del Arenal. Siempre es fascinante ver a parejas de avanzada edad, apretujados en las mesas, devorando pasteles de merengue, como diciéndole a la vida: Ya está, da igual que me muera mañana, este merengue ha sido mi premio al final de la vida.

Después de pasarme un rato leyendo, he visto a dos señoras que conocía del barrio, que estaban de pie buscando dónde sentarse. Y como yo estaba aburrido y a punto de terminar mi café, les he ofrecido sentarse conmigo, porque las conocía, porque trabajaron con mi madre en los hoteles, y porque me resultan dos personas familiares; dos señoras de casi setenta años, trabajadoras, madres y abuelas. Una vez sentadas, Carmen y Paqui han empezado a hablar de la gente del barrio, y específicamente de la gente que se va «al otro barrio». Me he quitado los auriculares, porque no podía dejar de prestar atención a la conversación (chismes y cotis) de las dos amigas. Paqui hablaba de una tal Pili, que murió hace unos años; y con el acento de una señora mayor andaluza que lleva viviendo toda la vida en Mallorca, Paqui nos ha contado la historia: Se ve que ella fue madre siendo mayor, y se quedó embarazada con cuarenta años, que los médicos siempre se lo desaconsejaron. Luego tuvo a dos niñas, y tiempo después, se ve que le dio algo a la cabeza, como un mareo, y se cayó por las escaleras, y luego se murió. Y, joder, no tenía ni idea de quién coño estaba hablando, pero el relato me ha parecido tan triste, que le he preguntado por las hijas. «Sí, las hijas están bien, son ya mayores y tienen sus hijos». Me podía haber quedado pegado a mi asiento, y pasarme toda la tarde escuchando historias tristes del barrio. En vez de eso, he puesto en la mesa el euro con setenta del café con leche, y me he despedido de las dos amigas. ¿Y si ese era el formato definitivo para un programa de televisión, y me lo estaba perdiendo? El otro barrio; programa sobre los que se van.
 

miércoles, 5 de febrero de 2025

Cosas que le molaban a mi padre y que yo detesto




1. Los toros. (Y con esto me refiero a eso que llaman «la fiesta de los Toros»). Todo lo que rodea a este mundillo me parece terrible; todo ese espectáculo de hacer un circo para asesinar a esos pobres animales. Y no, no toreo la carne que compro en el Mercadona.
2. Jugar a la petanca. Es el juego menos sexy de la historia, y por alguna extraña razón, tengo muchos recuerdos de niño, viendo a mi padre y a otra gente del barrio jugando a ese extraño juego de lanzar bolas metálicas. Si juegas a la petanca, inmediatamente te conviertes en una persona muy mayor y tienes que vestir ropa de anciano (gorrita incluida).
2. El cine malo del oeste que ponen en el canal facha; y me refiero a toda esa Serie B y Z de subproductos, con indios y vaqueros. Y adoro la basura, pero por lo que sea, el western cutre nunca me ha molado. Mi padre se ponía todas esas pelis de fondo y se pegaba unas siestas que podían durar días.
3. Pequeños pueblos de España, con sus plazas, sus fuentes, sus fiestas populares, su tradición religiosa y su gentes sencilla. (Y esta es otra cosa que me doy cuenta que detesto más con el tiempo. Será la edad, será que nunca me gustó viajar al pueblo de Villarodrigo, el pueblo de mi padre que está en Jaén… Sé que en algún momento debería hacer las paces con ese lugar).

domingo, 5 de enero de 2025

COSAS DE CINE QUE ME GUSTARÍA HACER EN LA VIDA REAL



1. Fumar en el interior de una cafetería y hablar durante horas con Anna Karina sobre la obra de Matisse.
2. Conducir un coche descapotable llevando un sombrero y hablarle a mi acompañante en un plano largo sin tener que mirar la carretera.
3. Apagar un incendio en un edificio acompañado de Kurt Russell.
4. Levantarme una mañana de la cama y encontrarme en la mesa del salón una nota de despedida escrita a mano por Meryl Streep, diciéndome que lo nuestro ya no funciona.
5. Darme cuenta de que al final de mi vida, la persona que siempre había pensado que era mi mejor amigo, en realidad es un supervillano y que durante años me había estado dejando pistas.
6. Meterme en el ordenador de un desconocido y, después de pensar unos segundos, averiguar la clave de acceso.
7.  Desactivar una bomba puesta en un colegio cortando un cable de entre mil.


viernes, 3 de enero de 2025

Cosas que deberías evitar después de una ruptura sentimental.
1. Dejar de comer.
2. Dejar de ducharte.
3. Dejar de lavar la ropa.
4. Empezar a beber y fumar y convertirte en el meme de Mads Mikkelsen todo triste. 

lunes, 30 de diciembre de 2024

Infierno de calamares

 El pasado 22 de agosto me sentaba con la dueña de otro restaurante para hacer otra entrevista de trabajo; la oferta la había encontrando en la aplicación de Job Today (la aplicación funciona muy bien, luego los trabajos no). Después de pasarme un año entero trabajando en la cocina de un restaurante vegano, ahora me encontraba de nuevo en la puta mierda y sin trabajo.
 Así que la dueña vio mi perfil en la aplicación y me ofreció una entrevista; me pasé un martes por la mañana y salió todo bien: restaurante situado  delante de la sede del PSOE, un sitio pequeño, una carta con pocos platos. Todo me parecía guay. Me senté con la dueña en una mesa de su terraza y hablamos un poco y le conté la experiencia que tenía de mis mil años trabajando en cocinas.
  —Me gusta todo lo que me estás contando, y ya de primeras me ha gustado tu actitud. ¿Cuándo podrías empezar?
  —No sé, ¿mañana? —le dije a la jefa.
 Luego ella me contó que los miércoles eran muy flojos y que estaría bien hacer una prueba para el siguiente jueves. Y así fue como quedamos.
Me despedí de la jefa y salí del restaurante y volví andando por aquella zona hasta llegar a Argüelles, para luego seguir hasta la Plaza de España. Fui caminando hasta Callao porque quería tomar café y aprovechar la tarde. Salí de aquella reunión casi contento, porque pensaba que volvía a tener trabajo; contento porque tendría trabajo, pero estaría de nuevo amargado porque iba a ser otro trabajo dentro de una cocina.
 Al día siguiente me lo tomé como día libre y ese día lo aproveché para grabar unos vídeos, escribir y seguir preparando nuevos proyectos… Cinco años viviendo en Madrid a tope.  
 Quedé con la jefa en que no veríamos en el restaurante ese jueves a las doce y media para hacer mi prueba. Esa mañana cogí mi bolsa y metí cuatro cosas: agua, mi bolsa de chuches, ropa limpia para cambiarme, mi libro para el trayecto en Metro y mis auriculares inalámbricos; mi bolsa de Dora la exploradora.
 Antes de las doce de la mañana llegaba hasta la zona de Argüelles y salía del metro y me encontraba de nuevo en esa zona, que es terrible, con su Corte Inglés y sus calles gigantes y vacías; otro barrio rico y con todo el mundo de vacaciones en sus putos barcos. Mientras hacía el recorrido, bajando la calle, pensaba en que sí esa iba a ser mi nueva zona de trabajo, lo iba a tener bien jodido en las horas muertas entre turnos. ¿Dónde se mete uno en ese barrio? No hay nada, no hay bares normales ni cafeterías de barrio donde uno se pueda meter a descansar unas horas (y estos son mis miedos desde que trabajo en esta ciudad).
 Antes de las doce entraba por la puerta del restaurante y saludé a la jefa que se encontraba detrás de la barra. «Siento ser tan puntual», le dije. Ella me saludó cariñosamente y luego me dijo donde podía dejar mis cosas; bajé al baño y luego me metí en la cocina acompañado de un chaval joven ,que era el jefe de cocina.
 El extractor de la cocina no funcionaba y tampoco había ningún medio de ventilación. Desde los primeros minutos allí metido se me hizo insoportable: unos cuarenta grados y un espacio minúsculo para trabajar en el que apenas cabían dos personas (¿Qué cojones estoy haciendo aquí? ) Fui pasando las horas cómo pude, entrando y saliendo de la cocina a ratos; salí a la calle para respirar y bebí un montón de litros de agua («¡esto es insoportable!»). En las horas que pasé en aquella cocina, estuve limpiando el suelo. El jefe arrancó una capa de plástico que cubría el suelo (de los antiguos propietarios, a saber qué coño había ahí antes). Y debajo de la goma asquerosa, se encontraba un suelo de terraza lleno de grasa, cucarachas y una especie de pegamento pegado y podrido. Con una espátula y mucha lejía, me tiré al suelo y me puse a rascar para intentar sacar los más gordo y dejar el suelo más o menos decente.
 Al rato de estar allí metido, la jefa recibió una llamada y le dieron la mala noticia de que su padre acababa de fallecer. (Mi padre había muerto en julio y me vino todo de golpe). La jefa arrancó a llorar desesperada; gestionar una noticia así siempre es una puta mierda. Yo dejé lo que estaba haciendo y me quedé parado en la cocina, sin saber muy bien qué hacer. David (el jefe) se fue con ella; luego yo salí de la cocina para beber agua con hielo.
 La jefa me dijo que se iba a marchar unos días y que tenía que coger un vuelo para Caracas y que me pagaría las horas y todo el fin de semana que me quedase con ellos trabajando. Después de eso seguí rascando el suelo asqueroso.
 Sobre las tres de la tarde entró una pareja de clientes. En la cocina faltaba lechuga y salí al supermercado. Hacía un calor terrible en esas calles sin sombras. Mientras caminaba hacia el super me puse a pensar en que estaba siendo una mañana muy extraña. (Maldito agosto, maldito verano y maldita ciudad).
 Después de la compra en un pequeño super de barrio (a unas pocas manzanas del restaurante) volví con un par de brotes de lechuga y un sandwich para mí; el sandwich iba a ser mi comida de ese día. Cuando regresé al restaurante le entregué la lechuga al jefe y le di las vueltas a la camarera. Cuando se hicieron las cuatro le dije al jefe que me tenía que ir porque tenía otro compromiso. La noche anterior le había dicho al dueño de otro restaurante que estaba disponible para hacer una prueba en su restaurante: estaba buscando un ayudante de cocina para llevar la plancha y las freidoras. Esa oferta me pareció mejor que estar tirado por un suelo lleno de grasa y cucarachas muertas pegadas en un extraño pegamento podrido.
 Me despedí y salí del restaurante deseando no tener que volver a pisar más ese sitio. Mientras subía la cuesta para dirigirme al centro le envié un mensaje al jefe del otro restaurante para decirle que estaba de camino. Seguía haciendo un calor de muerte y el fluflu (bote de plástico con agua comprado en el chino) me salvó la vida. Caminé hasta el Metro, y de allí hasta Sol, y en esos pocos minutos aproveché para escuchar un poco de música y recomponerme. Mi visión desde fuera parecía la de alguien con muchas ganas de trabajar y que, de repente, tenía un montón de ofertas y posibilidades (nada más lejos de la realidad).
 Antes de las cinco de la tarde cruzada la plaza Mayor (que estaba a reventar de guiris buscando no sé qué) y llegaba hasta el local de los calamares fritos, que era restaurante céntrico de esos que trabajan con extranjeros y les meten en la boca cientos de calamares para que estén contentos y se lleven de España una buena imagen (en Madrid solo se comen calamares).
 El restaurante tenía una amplia terraza que daba a una plaza que tenía más bares y restaurantes (a mí todos me parecían el mismo local). En una mesa de la terraza vi a un tipo sentado que parecía el jefe; estaba acompañado de un par de tipos y todos  tomaban Gin tonic (eso que se hace en las terrazas). Me acerqué hasta su mesa, le saludé y le dije que venía por la entrevista de trabajo. El jefe me hizo sentar en otra mesa para esperar a que él terminara su Gin tonic acompañado de sus amigotes. Yo me tomé un café con hielo mientras me sentía la persona más gilipollas de Madrid en ese momento.
 Mientras esperaba sentado en aquella mesa, el fluflu me volvió a salvar la vida.
 Pasado un rato el jefe se despidió de sus colegas y se sentó conmigo y hablamos de todo: me habló de lo justo que era con sus trabajadores, y también que era buen pagador. También me habló del otro negocio que había tenido su padre (ya fallecido), y entendí que todo aquello de los calamares venía heredado, como la familia esa millonaria de los opioides, pero con calamares.
 Yo le conté mis movidas y que esa misma mañana había tenido otra prueba en otro sitio, pero que no había salido contento y que mi intención era no volver. Le dije que tenía mil años de experiencia en hoteles de Mallorca, y le conté lo del anterior curro en el otro restaurante, y todo lo que salió por mi boca parecían las palabras de un hombre experimentado que había pasado toda su vida entre fogones. «¿Podrías quedarte para hacer una prueba ahora a la seis? Esperamos a que venga el jefe de cocina y ya te metes con él».
 La verdad es que no tenía ninguna puta gana de meterme en otra cocina, pero hasta ese momento mi ambicioso proyecto de ser rico y famoso en Madrid había fracasado. Así que no pude decirle que no al jefe, porque yo ese día estaba dispuesto a encontrar un buen trabajo (aunque fuese en una puta cocina).
 Sobre las seis de la tarde apareció el jefe de cocina. Y mientras el dueño —desde su móvil— me daba de alta en la gestoría, yo hablé un rato con el jefe de cocina para conocernos y romper el hielo. El jefe se llamaba Nacho y la verdad es que se parecía bastante a mí: un tipo delgado un poco mayor que yo, calvo, con un pequeño bigote y con gorra. Luego me preguntó si tenía zapatos de cocina y le dije que llevaba puestas mis Vans; se rio y le pareció bien.
 Después de darme de alta, me metí con el jefe de cocina en el restaurante y le seguí hasta un pequeño almacén (que parecía un cubo de grasa) que servía de cambiador para el personal; pero aquello no eran unas taquillas ni era un cambiador; era un mini espacio donde estaba la máquina de hielo, las cajas de botellas y unas estanterías para los refrescos y las botellas de agua; también había un pequeño cuarto de baño que tenía pinta de no haberse limpiado nunca, con cubos de fregona dentro, todo sucio y con papel tirado por el suelo (y este iba a ser el espacio del personal para cambiarse). Al ver que había ropa mal tendida encima de una improvista barra encima la máquina de hielo, pensé que mis cosas estarían mejor guardadas dentro de mi bolsa. Como no tenía que cambiarme, lo único que hice fue quitarme la gorra e ir al servicio. Luego fui hasta la cocina.
 La cocina era una pequeña olla a presión, un lugar pequeñísimo con apenas espacio para tres personas para trabajar y manipular la comida. Donde trabajaba el jefe había un poco de espacio para tener una tabla para cortar y poco más. Todo lo demás había que improvisarlo sobre la marcha.  Una plancha —de toda la vida— y cuatro freidoras se mantenían encendidas todo el día. Nunca había trabajado en un sitio así. Había estado en sitios similares, pero no como este. Y no pasaba nada, ni estaba asustado porque ya había estado en muchas cocinas y al final todas eran iguales.
 La cocina tenía una pequeña pasa (agujero en la pared) por la que pasaban todos los platos y que daba a la barra de los camareros (como en todas las cocinas de los bares que has visto en las pelis). Desde el primer minuto que pisé aquella cocina ya no pude parar ni para respirar; todo era a toda a prisa, demasiadas comandas, cientos de bocatas de calamares (todo el tiempo), patatas fritas y huevos fritos, y cuando no teníamos  comandas, seguíamos pelando patatas. En nada pasaron las horas y me vi allí metido a las diez de la noche y no había parado ni un solo segundo para ir al baño. El jefe de cocina (que era muy simpático; al principio todos lo son) me dijo que podía comer lo que quisiera: «Para comer, si quieres, te puedes hacer una hamburguesa, o un bocadillo. Claramente un entrecot no». Y me hizo mucha gracia esa separación entre ricos y pobres con lo de «un entrecot no». Te podrás comer cualquier cosa, pero quiero que sepas que tú siempre serás un puto trabajador de mierda y los entrecots se los come el dueño y los clientes.  
 Después de casi dos semanas haciendo turnos de doce horas con una hora de descanso para comer, le pregunté al dueño del restaurante si me iba a pagar todas las horas extras que estaba haciendo. «Hombre, eso primero me tendrás que demostrar que lo vales». En ese momento no entendí nada. ¿Qué cojones tenía qué demostrar después de pasarme todo el maldito día encerrado en su cocina trabajando como un perro?
 Después de su frase de mierda, le dije que lo dejaba. (Maldito explotador franquista hijo de puta).
 «No pasa nada. Mañana tengo a otro en la puerta que quiera tu puesto».

sábado, 21 de diciembre de 2024

En la boca

 

 


 

 

21 de diciembre

Hace dos años por estas fechas me estaba moviendo por los metros de Madrid para ir a trabajar en la cocina de un restaurante en Lavapiés. En esos días festivos siempre notaba más presencia de seguridad cerca de las vías; por si a alguien se le ocurría tirarse a ellas, imagino. En algún momento pensé que yo también me podría lanzar buscando mi muerte. Pero, ¿y si en el momento que lo hiciese, el tren tardaba nueve minutos en pasar? Ese momento de vergüenza máxima ahí esperando sería terrible, con toda la gente mirándome, preguntándose qué hacer: ¿Bajamos a por él? Pero, ¿y si el tren que me tenía que acabar aplastando no pasaba, porque a otra persona también se le había ocurrido la idea de lanzarse a las vías antes que a mí? Luego me imaginaba volviendo a subir al andén por mis propias manos, y mientras me quitaba el polvo del pantalón, le decía a los de seguridad que me había resbalado y que lo sentía mucho por haber montado el numerito.  

Después de pensar estas cosas, descartaba toda idea de suicidio y me metía en mi tren y seguía mi día metido en la cocina, que también era otra forma de suicidio.


 

viernes, 20 de diciembre de 2024

Te haces mayor

 

 


  El sexo es mejor, en el caso de que lo tengas. Puedes llamar «chavales» a la gente joven y decir cosas como «que trabajen ellos, que son más jóvenes». Todo te empieza a sudar mucho y empiezas a dejar de hacer planes de futuro para vivir el presente; el presente siempre es un asco. Que también te puedes quedar en tu puta casa y no hacer nada. Puedes decir cosas como «la música de ahora es una mierda y no tenéis ni puta idea de nada». O un: «Cuando yo era joven descubría las cosas de verdad, cuando existía el formato físico». Y, de verdad, si sueltas algo así, te juro que te puedes quedar muy solo. A la hora de ligar, te la sopla todo y vas al grano; esto también quiere decir que tienes más posibilidades de darte una hostia. Pero, con casi cincuenta tacos, la verdad es que te da igual todo. No pierdes el tiempo intentando descubrir cosas nuevas, porque sabes que todo va a ser una continua decepción: sigues viendo tus pelis de siempre, leyendo tus libros de toda la vida y escuchando las mismas putas bandas de hace 30 años. Lo de la ropa te empieza a dar igual, pero porque te va a ir quedando mal cualquier cosa que te pongas. Te empiezan a decir que quieres ir de joven, a lo que tú contestarás con un «pero si siempre he vestido igual». Con los años te vuelves más sincero, pero también más gilipollas y con menos paciencia. En vez de intentar tener cuarenta amigos, te conformas con seguir manteniendo a los tres de siempre, aunque te caigan mal y sean subnormales profundos; pero sabes que esos tres son calidad. Dejas de salir de noche y de hacer gastos innecesarios; ¿para qué vas a cenar fuera si te puedes hacer una tortilla en casa? Defiendes a bandas como U2 y Red Hot Chili Peppers, y hasta Matthew Broderick te parece buen actor. Vas más rápido haciendo la compra y acabas cocinando lo de siempre, lo que te mola y lo que sabes que funciona. Tirar comida siempre es una derrota.
  La política te empieza a dar igual, dejas de ver las noticias y de discutir sobre gilipolleces. Hasta los documentales sobre nazis te aburren. El Fnac te deja de flipar. Vuelves a valorar la magia de Facebook y empiezas a pensar que la relación de Han Solo con Luke no se sostenía por ningún lado: Luke era un chaval de campo y Han, un pirata putero y tramposo. Empiezas a consultar el tiempo en el móvil y a comprar lotería de Navidad. También empiezas a desayunar durante horas en tu cafetería de siempre, mientras lees un libro y ves cómo se llena y se vacía de gente… A ver, no todo iba a ser malo.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Covid-love

 



 

Esta mañana he salido de la cama sobre las diez y media para meterme en mi cafetería «oficina» que tengo cruzando la calle; siempre me meto en ese sitio cuando paso unos días con mi padre en el Arenal. Mientras desayunaba, a mi lado, en otra mesa, una pareja no paraba de hablar todo el tiempo. Por el tono de la conversación me ha dado la sensación de que se estaban conociendo: ella le ha dicho que tenía 38 años, él seguramente más de 40. Ella, con hijos. Él no ha mencionado nada de hijos. Me pasa muchas veces que sin querer acabo pegando la oreja en las conversaciones de los demás y las grabo mentalmente con la intención de transcribirlas luego. (De verdad, a veces tengo la sensación de que necesito encontrar un hobby).
 Mientras hablaban, me he puesto a pensar que se acababan de conocer en alguna red social «Covid-love»; una red social para encontrar el amor en tiempos apocalípticos, para cuando el final puede que sea el principio. Durante la conversación, en esa mesa se ha hablado de hijos, pandemia, enfermedades, muertos, madres, conflictos, divorcio, servicios sociales, familias desestructuradas (él había trabajado unos años en un centro con menores conflictivos), padres borrachos, custodias, temporadas de verano, hoteles, camareras de pisos, series de Netflix, el pueblo (de él), amigos con problemas mentales, la isla. Y, finalmente, ha salido el tema del futuro: «¿Tú qué tienes pensado hacer?».  Y puede que esa sea ahora mismo la pregunta más invasiva que se le pueda hacer a una persona: «¿Tú qué tienes pensado hacer en los próximos veinte años? ,¿los quieres pasar conmigo?» Tengo la sensación de que muchos llevamos improvisando el día a día desde hace mucho tiempo.

 Después de un rato con mi oreja pegada a la charla, he logrado desconectar de ellos mirando mi móvil. Al final no sé en qué ha quedado la cosa: ¿habrán acabado enamorados después de los cafés y de contárselo todo en ese baño de sinceridad y derrotismo exponiendo todos sus trapos sucios: las intimidades, los ex, los hijos, los fracasos de cada uno. ¿Serán estas las nuevas formas de ligar en tiempos de Covid? «A ver quién está más en la mierda». Que a lo mejor también me estoy montando mi película y solo era un desayuno de nuevos amigos, sin buscar nada más; «quedamos, nos conocemos y nos contamos todas nuestras miserias».


Cinco y veinticuatro de la tarde. Y después de una siesta nada reparadora, salgo de la cama y me meto en el baño; me miro en el espejo y siento que he envejecido como tres años desde que estoy por aquí: «el efecto Arenal». «Aquí te mueres y te pudres, y luego, no sé cómo, sigues viviendo como un zombie».
 Me meto de nuevo en el bar y me siento en una silla lo más cerca de la puerta. Un árbol de Navidad acompaña a una máquina de tabaco. Al fondo del bar, junto a la tele, hay 3 personas hablando mientras arreglan el mundo; uno de ellos emite una extraña barrera de sonido de mierda; como una voz rota de borracho que no ha abierto un libro en su vida. Si quería estar un rato tranquilo, está claro que no ha sido buena idea meterme en el bar. Pero quedarme encerrado en el cuartucho casi era peor opción. Pero ¿cuándo cojones termina el año? Esto está durando demasiado.
 Ocho y cuarto de la noche y no sé si veré las noticias de las nueve; demasiada desinformación todo el tiempo.  
 He vuelto a encerrarme en mi pequeño cuartucho con todos mis libros y mis cómics; es lo único que me queda de mi «ex vida». La tabla de planchar sigue ahí apoyada en la pared, tan quieta y callada.
 Hace un rato he ido a dar una vuelta y he llegado hasta la playa; está claro que ha sido otro de los grandes errores del día: bajar hasta la playa para mirar el mar, las olas, los hoteles cerrados  (como esperando algo) mientras la oscuridad de la tarde los teñía de tristeza; el Burger King abierto como el último local de la playa resistiendo a cualquier crisis mundial; está abierto, pero nadie entra; no hay turismo y todo está muerto en el barrio del Arenal.
Son casi las nueve de la noche y cierro por aquí.