sábado, 21 de diciembre de 2024

En la boca

 

 


 

 

21 de diciembre

Hace dos años por estas fechas me estaba moviendo por los metros de Madrid para ir a trabajar en la cocina de un restaurante en Lavapiés. En esos días festivos siempre notaba más presencia de seguridad cerca de las vías; por si a alguien se le ocurría tirarse a ellas, imagino. En algún momento pensé que yo también me podría lanzar buscando mi muerte. Pero, ¿y si en el momento que lo hiciese, el tren tardaba nueve minutos en pasar? Ese momento de vergüenza máxima ahí esperando sería terrible, con toda la gente mirándome, preguntándose qué hacer: ¿Bajamos a por él? Pero, ¿y si el tren que me tenía que acabar aplastando no pasaba, porque a otra persona también se le había ocurrido la idea de lanzarse a las vías antes que a mí? Luego me imaginaba volviendo a subir al andén por mis propias manos, y mientras me quitaba el polvo del pantalón, le decía a los de seguridad que me había resbalado y que lo sentía mucho por haber montado el numerito.  

Después de pensar estas cosas, descartaba toda idea de suicidio y me metía en mi tren y seguía mi día metido en la cocina, que también era otra forma de suicidio.


 

viernes, 20 de diciembre de 2024

Te haces mayor

 

 


  El sexo es mejor, en el caso de que lo tengas. Puedes llamar «chavales» a la gente joven y decir cosas como «que trabajen ellos, que son más jóvenes». Todo te empieza a sudar mucho y empiezas a dejar de hacer planes de futuro para vivir el presente; el presente siempre es un asco. Que también te puedes quedar en tu puta casa y no hacer nada. Puedes decir cosas como «la música de ahora es una mierda y no tenéis ni puta idea de nada». O un: «Cuando yo era joven descubría las cosas de verdad, cuando existía el formato físico». Y, de verdad, si sueltas algo así, te juro que te puedes quedar muy solo. A la hora de ligar, te la sopla todo y vas al grano; esto también quiere decir que tienes más posibilidades de darte una hostia. Pero, con casi cincuenta tacos, la verdad es que te da igual todo. No pierdes el tiempo intentando descubrir cosas nuevas, porque sabes que todo va a ser una continua decepción: sigues viendo tus pelis de siempre, leyendo tus libros de toda la vida y escuchando las mismas putas bandas de hace 30 años. Lo de la ropa te empieza a dar igual, pero porque te va a ir quedando mal cualquier cosa que te pongas. Te empiezan a decir que quieres ir de joven, a lo que tú contestarás con un «pero si siempre he vestido igual». Con los años te vuelves más sincero, pero también más gilipollas y con menos paciencia. En vez de intentar tener cuarenta amigos, te conformas con seguir manteniendo a los tres de siempre, aunque te caigan mal y sean subnormales profundos; pero sabes que esos tres son calidad. Dejas de salir de noche y de hacer gastos innecesarios; ¿para qué vas a cenar fuera si te puedes hacer una tortilla en casa? Defiendes a bandas como U2 y Red Hot Chili Peppers, y hasta Matthew Broderick te parece buen actor. Vas más rápido haciendo la compra y acabas cocinando lo de siempre, lo que te mola y lo que sabes que funciona. Tirar comida siempre es una derrota.
  La política te empieza a dar igual, dejas de ver las noticias y de discutir sobre gilipolleces. Hasta los documentales sobre nazis te aburren. El Fnac te deja de flipar. Vuelves a valorar la magia de Facebook y empiezas a pensar que la relación de Han Solo con Luke no se sostenía por ningún lado: Luke era un chaval de campo y Han, un pirata putero y tramposo. Empiezas a consultar el tiempo en el móvil y a comprar lotería de Navidad. También empiezas a desayunar durante horas en tu cafetería de siempre, mientras lees un libro y ves cómo se llena y se vacía de gente… A ver, no todo iba a ser malo.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Covid-love

 



 

Esta mañana he salido de la cama sobre las diez y media para meterme en mi cafetería «oficina» que tengo cruzando la calle; siempre me meto en ese sitio cuando paso unos días con mi padre en el Arenal. Mientras desayunaba, a mi lado, en otra mesa, una pareja no paraba de hablar todo el tiempo. Por el tono de la conversación me ha dado la sensación de que se estaban conociendo: ella le ha dicho que tenía 38 años, él seguramente más de 40. Ella, con hijos. Él no ha mencionado nada de hijos. Me pasa muchas veces que sin querer acabo pegando la oreja en las conversaciones de los demás y las grabo mentalmente con la intención de transcribirlas luego. (De verdad, a veces tengo la sensación de que necesito encontrar un hobby).
 Mientras hablaban, me he puesto a pensar que se acababan de conocer en alguna red social «Covid-love»; una red social para encontrar el amor en tiempos apocalípticos, para cuando el final puede que sea el principio. Durante la conversación, en esa mesa se ha hablado de hijos, pandemia, enfermedades, muertos, madres, conflictos, divorcio, servicios sociales, familias desestructuradas (él había trabajado unos años en un centro con menores conflictivos), padres borrachos, custodias, temporadas de verano, hoteles, camareras de pisos, series de Netflix, el pueblo (de él), amigos con problemas mentales, la isla. Y, finalmente, ha salido el tema del futuro: «¿Tú qué tienes pensado hacer?».  Y puede que esa sea ahora mismo la pregunta más invasiva que se le pueda hacer a una persona: «¿Tú qué tienes pensado hacer en los próximos veinte años? ,¿los quieres pasar conmigo?» Tengo la sensación de que muchos llevamos improvisando el día a día desde hace mucho tiempo.

 Después de un rato con mi oreja pegada a la charla, he logrado desconectar de ellos mirando mi móvil. Al final no sé en qué ha quedado la cosa: ¿habrán acabado enamorados después de los cafés y de contárselo todo en ese baño de sinceridad y derrotismo exponiendo todos sus trapos sucios: las intimidades, los ex, los hijos, los fracasos de cada uno. ¿Serán estas las nuevas formas de ligar en tiempos de Covid? «A ver quién está más en la mierda». Que a lo mejor también me estoy montando mi película y solo era un desayuno de nuevos amigos, sin buscar nada más; «quedamos, nos conocemos y nos contamos todas nuestras miserias».


Cinco y veinticuatro de la tarde. Y después de una siesta nada reparadora, salgo de la cama y me meto en el baño; me miro en el espejo y siento que he envejecido como tres años desde que estoy por aquí: «el efecto Arenal». «Aquí te mueres y te pudres, y luego, no sé cómo, sigues viviendo como un zombie».
 Me meto de nuevo en el bar y me siento en una silla lo más cerca de la puerta. Un árbol de Navidad acompaña a una máquina de tabaco. Al fondo del bar, junto a la tele, hay 3 personas hablando mientras arreglan el mundo; uno de ellos emite una extraña barrera de sonido de mierda; como una voz rota de borracho que no ha abierto un libro en su vida. Si quería estar un rato tranquilo, está claro que no ha sido buena idea meterme en el bar. Pero quedarme encerrado en el cuartucho casi era peor opción. Pero ¿cuándo cojones termina el año? Esto está durando demasiado.
 Ocho y cuarto de la noche y no sé si veré las noticias de las nueve; demasiada desinformación todo el tiempo.  
 He vuelto a encerrarme en mi pequeño cuartucho con todos mis libros y mis cómics; es lo único que me queda de mi «ex vida». La tabla de planchar sigue ahí apoyada en la pared, tan quieta y callada.
 Hace un rato he ido a dar una vuelta y he llegado hasta la playa; está claro que ha sido otro de los grandes errores del día: bajar hasta la playa para mirar el mar, las olas, los hoteles cerrados  (como esperando algo) mientras la oscuridad de la tarde los teñía de tristeza; el Burger King abierto como el último local de la playa resistiendo a cualquier crisis mundial; está abierto, pero nadie entra; no hay turismo y todo está muerto en el barrio del Arenal.
Son casi las nueve de la noche y cierro por aquí.

jueves, 12 de diciembre de 2024

NOSOTROS SEREMOS LOS SIGUIENTES




Un asiento en primera fila para ver mi depresión

15 Diciembre del 2022

 El pasado sábado me levantaba sobre las diez de la mañana, y como no tenía ganas de prepararme nada en casa, desayuné en la cafetería «normal» que está al lado de la estación del Metro. Digo normal porque otras veces desayuno en el bar de los borrachos, al que suele ir la gente más deteriorada del barrio. Por esa cloaca también se dejan caer los ludópatas de la zona que se dejan la vida —y todo lo que no tienen— en esas putas máquinas tragaperras que suelen poner en los bares de los barrios cutres. Se podrían escribir mil historias deprimentes sobre adicciones basadas en las vidas de las personas que pasan por ese bar a cualquier hora del día. Si eres un fracasado, el barrio de Villa Palo te proporciona los mejores decorados para tus dramas.
 También te digo que me gusta ir a esos bares y cafeterías para sentirme integrado con la zona y ser uno más: el señor raro que lleva sombrero y viste de negro y desayuna siempre lo mismo: café con leche con tostadas com tomate y aceite. Imagino que más de uno habrá detectado que soy un intruso, un turista que se sienta cerca de todos para robar futuras líneas de diálogo.
 Después de un estupendo desayuno, me metí en el Metro en dirección a Lavapiés. Esos trayectos hasta el trabajo siempre son momentos de paz, mi media hora para leer y escuchar música. Si voy a leer, me pongo música clásica: Bach, Chopin, Brahms, Tchaikovsky (he ido a Google a buscarlo); poner esa banda sonora me aísla del ruido externo de toda la gente del vagón que va escuchando a todo volumen sus vídeos del tiktok o de Instagram. Debería estar permitido llevar un bate de beisbol para destrozar todos los teléfonos móviles de la gente de mierda que no respeta el espacio de los demás (De repente soy el Joker de Villa Palo).
 La música clásica me permite leer, cosa que con otros estilos musicales no puedo hacer. También he leído en Google que si escuchas mucha cantidad de música clásica, corres el riesgo de acabar convirtiéndote en un futuro asesino en serie. Sé que no me voy a concentrar si de fondo me pongo una banda como Sepultura o Sonic Youth (referencias de gente mayor); así que Bach es perfecto para entrar en las páginas de mis libros.
 En las veces que hago el trayecto y no me apetece leer, me pongo música (normalmente los estilos musicales más ruidosos) o escucho un podcast. Antes le tenía manía a los podcast. Luego descubrí que también se hacían podcast para gente mayor de doce años. Me lo paso muy bien con un programa llamado Grandes Infelices, que es triste que te cagas y habla sobre vidas de escritores y sus obras que no ha leído nadie (o al menos no han sido leídos por la gente que me acompaña en Metro de camino al trabajo). Y en ese podcast hablan de cómo esos escritores —todos muy tristes y talentosos— murieron solos, enfermos, arruinados y deprimidos por no haberlo petado en vida. No hay nada más reconfortante que saber que ese autor que te gusta tanto terminó sus días metiendo la cabeza en el horno… ese programa es fantástico.  
 Una vez que salí de la estación del metro de Lavapiés, empezó a llover; cuatro gotas, nada alarmante… Luego me metí en el supermercado para hacer una pequeña compra de las cuatro cosas que necesitaba para la cocina del restaurante. (Llevo un año trabajando en una cocina; ahora soy chef, mañana puedo ser otra cosa).
 Ese sábado presentía que iba a ser un buen día de mucho trabajo, y con el turno partido, después del mediodía (y con el restaurante cerrado) me podría echar una siesta de una hora en uno de los sillones del comedor. En ese primer turno del mediodía iba a estar con Eva (la camarera joven, que es como una doble de Molly Ringwald), y por la noche estaría con la jefa.  
  En este año que llevo trabajando en la zona de Lavapiés, he llegado a la conclusión de que el barrio es muy bonito, sobre todo si eres fan de Hellraiser y la ciudad de Gotham, el barrio hará que te sientas como en casa. Lavapiés también me recuerda a Magaluf: el barrio es una cloaca, un escupitajo en el centro de Madrid; otra de esas zonas que los pijos han convertido en otro barrio de modernos y de artistas con dinero que pueden permitirse los alquileres más caros de la ciudad; bares de viejos, librerías gafapasta, mafias, droga y Faláfel (Soy el Joker de Lavapiés).
 Mi idea al entrar en el super era pillar las cosas que necesitaba y seguir mi camino subiendo la cuesta que me conducía hasta el restaurante. Pero como siempre me pasa cuando me meto en ese maldito supermercado (abierto las 24H), me distraigo y empiezo a mirar todas las cosas que tienen y que no necesito. Lo que pasa siempre cuando sales de tu «super de barrio de confort» —que te lo sabes de memoria— y te metes en otro gigante. Es como la sensación de entrar en el supermercado del Corte inglés, que todo es carísimo, y te preguntas quién cojones puede permitirse hacer la compra ahí (los famosos de la tele). O como cuando salías de tu pueblo y viajabas a Madrid y entrabas por primera vez en el FNAC y pensabas que lo más moderno del mundo era comprarte una biografía de Lou Reed en la tercera planta.
 Antes de coger lo que realmente necesitaba, me lancé sobre una bandeja de pollo con patatas (de esas preparadas). Y esa iba a ser mi comida. Después de todos estos meses metido en una cocina de comida vegana y sin gluten, he llegado a la conclusión de que nunca seré vegano. Me flipa el pollo, y cuanto más gluten lleve, mejor.
 Luego me acerqué hasta la zona de las pastas y vi que la estantería de los ñoquis estaba vacía; alguien se me había adelantado, seguramente otro cocinero que también llevaba ñoquis en la carta como plato estrella. Cogí una botella de aceite y algunos mangos y luego me dirigí hacia la caja. Antes de pagar, mientras hacía cola, miré mi móvil por última vez: le envié un mensaje a mi hija, le dije algo a mi novia y luego me volví a meter el móvil en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta bomber color verde (tío, nos da igual cómo sea tu puta chaqueta).
 Normalmente en ese tipo de situaciones suelo cerrar la cremallera del bolsillo, pero en ese momento no lo hice, por dejadez, por cansancio, necesitaba echarme otro café por los ojos, o coger  unas vacaciones. Finalmente, me planté delante de la caja número 2 y pagué con el dinero que me dio mi jefa el día anterior. A mi izquierda, en otra caja, un tipo hizo una compra rápida; pagó algo (no vi lo que era, posiblemente sería una lata de cerveza) y luego salió de forma veloz sin recoger el cambio. «Su cambio» —dijo la cajera—. Y a continuación el tipo salió a toda prisa por la puerta del supermercado mientras yo me metía la mano en mi bolsillo izquierdo para ir a coger mi (invisible) teléfono móvil. Al meter la mano vi que no lo encontraba y luego lo busqué en el otro bolsillo. En ese momento me quedé paralizado, con las bolsas de la compra en mis pies, como un puto gilipollas. Desde la caja vi como se alejaba el tipo saliendo por la puerta ,caminando de forma veloz pero sin llamar demasiado la atención (lo hemos visto en miles de películas). Ahí iba el ladrón con mi puto móvil.
 Seguí paralizado como un idiota y diciéndole a la chica de la caja que me acababan de robar. Luego me metí las manos en mis otros bolsillos para «no sé qué buscar cuando sabes que ya no vas a encontrar nada»; no iba a aparecer de repente mi móvil robado. Y, efectivamente, me acababan de robar por primera vez en los cinco años que llevaba viviendo en Madrid. «Cuando te roban el móvil, te sientes violado», me dijo una vez una amiga. Joder, la comparación es bastante incorrecta (aquí es cuando me cancelan y me llevan a la cárcel, por escribir ficción), pero es verdad que cuando te roban, te deja un mal de cuerpo del que ya no te recompones en el resto del día.
 Ahora con el móvil robado tenía que seguir y superar la pérdida. Tenía que ir al trabajo para encender la cocina y empezar mi jornada laboral, y estaba completamente incomunicado. Mientras subía la puta cuesta en dirección al restaurante, pensé en lo guay que habría sido tener una pistola en ese momento, y que todos pudiésemos pegar tiros como en el viejo Oeste, o llevar ametralladoras como en cualquier barrio de los Estado Unidos (soy el Joker de Mallorca). Entonces, el robo de mi teléfono habría terminado de otra forma: habría salido a toda prisa detrás del ladrón y le habría pegado cuatro tiros por la espalda, y a continuación habría recuperado mi teléfono. ¿Te imaginas un mundo así, el mundo de los frikis de Bowling for Columbine?
 En vez de pagar esos cuatro tiros, seguí mi camino ,y como ya llegaba tarde para entrar a mi hora en el restaurante, pensé que estaría bien pararme a tomar un café en el bar que tenía al lado del restaurante, subiendo la cuesta (un bar de viejos «de toda la vida» con su máquina tragaperras y que los modernos de la zona también se lo habían apropiado pensando que era lo más). Entré en el bar y me senté en mi esquina y me pedí un café con leche hirviendo porque en ese momento tenía frío y me sentía muy triste porque acababa de sufrir un robo. En otro tiempo y en otro contexto me habría puesto a llorar, pero fui fuerte y me desconsolé tomándome un café hirviendo.

 Cuando llegué hasta el restaurante fui directo a la cocina y me puse a hacer todas las cosas que hace un jefe de cocina: encendí los fogones y las planchas; miré dentro de las cámaras por si me faltaba algo muy urgente, lavé las cuatro cosas que estaban sucias que habían quedado de la noche anterior y bajé las sillas del comedor… Por cierto, estoy solo en la cocina; por eso me he autoproclamado el Jefe de la cocina. Y la verdad es que suena muy bien; he pasado de ser lavaplatos a cómico fracasado, y luego a ser jefe de cocina.
 Era casi la una del mediodía cuando apareció Eva (la camarera) por la puerta y le conté que me habían robado y que todo era una puta mierda. Luego ella me dijo que a lo mejor me podía dar un móvil porque seguramente tendría en su casa uno viejo que me podría servir. «A ver, si está viejo y lo cambiaste por otro nuevo, sería por algo, ¿no?»
 Ese medio día abrimos el servicio y esas horas me fui comunicando vía Instagram a través de mi tablet: intenté entrar en mis cuentas de mail, pero me fue imposible, lo normal cuando no te acuerdas de tanta puta contraseña. Cuando te roban el móvil lo primero que piensas es el cambiar las contraseñas, por seguridad, por si te roban algo; luego pensé: ¿Qué me iban a robar más, si no tenía nada?

 Después de ese servicio llamé a mi novia con la videollamada de Instagram y le conté lo que me había pasado. Luego llamé a mi hija y le dije lo mismo, que si necesitaba algo que me lo dijera por privado de Instagram. La verdad es que ahora mismo es imposible estar incomunicado en estos tiempos de redes sociales; otra cosa es estar pendiente de ellas y tener que estar entrando cada cinco minutos para revisar los mensajes. Por seguridad y por tener una vida ordenada está bien llevar un teléfono móvil encima, al menos en estos últimos veinte años. 

 Ese mediodía de sábado hubo bastante movimiento en el restaurante; lo normal por estas fechas navideñas de reuniones, comidas de empresa y de reencuentros; parece que todo el mundo queda para comer o cenar como si fuera la última vez que lo fuesen a hacer.
 Los suegros de mi compañera vinieron a comer , junto con sus cuñados y el novio. Cuando terminé el servicio me acerqué a su mesa y les dije que iba a salir a por café para todos y que me apuntasen lo que iban a querer. En ese momento —y durante muchos meses— no habíamos tenido máquina de café en el restaurante, así que me pareció buen plan (y buen detalle) salir hasta la plaza.
   —¿Pero cómo vas a traer tantos cafés?
  —Bueno, tienen hueveras —dije, con un tono muy profesional.
 Salí del restaurante y subí la cuesta sintiendo mucho frío; ese frío de Madrid en diciembre. Luego crucé por la librería de la esquina y llegué hasta la plaza de Anton Martin. De la salida del metro no paraba de salir gente disfrazada con gorritos navideños; esa visión me puso muy triste y yo seguía estando sin mi móvil. Luego entré en la cafetería que estaba a reventar de gente y me puse en la cola para pedir los cafés.
 Al volver triunfante al restaurante me senté con la familia e hicimos una charleta típica de sobremesa; yo les conté que la noche anterior había estado viendo la película Cinco lobitos, y que me había gustado mucho y que me había hinchado a llorar. Esa peli me partió el alma. Supongo que me pilló en un momento delicado. La suegra de Eva comentó que la peli hablaba de la incomunicación en las relaciones. Para mí, la peli va de madres y de los ciclos de la vida y de la muerte. No creo que vaya de incomunicación porque las dos parejas protagonistas no paran de hablar; otra cosa es que se entiendan.
 Después de esa agradable sobremesa, Eva y su familia se despidieron y me bajaron la verja de la entrada; apagué todas las luces del comedor y me quedé solo y a oscuras; momento perfecto para echarme un rato en uno de los viejos sillones del salón (como cada tarde de todos mis sábados de estos últimos meses; siempre es un regalo poder descansar un poco con el horario partido).
Logré dormirme media hora, encogido en un mala postura con las piernas estiradas en otro sillón y con las manos metidas en los bolsillos. Cuando uno está agotado, se duerme en cualquier lado.

 
 Sobre las siete de la tarde sonó el despertador en mi tablet, y agotado y muerto de frío volví a salir a por otro café. Ya era completamente de noche.
 A mi vuelta me encontré con la jefa en la puerta abriendo la ruidosa verja. Una vez dentro del restaurante, le conté lo del robo del móvil. También le dije que habíamos tenido mucha gente en el turno del mediodía y que había ido muy bien. Y en mi intento de animarla para que no cierre el restaurante (lleva meses con la idea en la cabeza) siempre le estoy diciendo que todo va a ir a mejor; algo que nunca me dicen a mí.
Mientras la jefa ponía orden detrás de la barra ordenando los botelleros, me dijo que miraría por casa para ver si me podía apañar un viejo móvil… A ver, ya iban a ser demasiados viejos móviles que apañar. Luego le dije que en cuanto me estabilizase de pasta (que sería nunca) me compraría uno nuevo.

Abrimos el restaurante a las ocho de la tarde y el  servicio empezó fuerte; y en apenas media hora tuvimos todo el comedor a reventar de clientes con gente esperando de pie o en la barra. Fue otra de esas noches (prenavideñas) de correr y hacer mil cosas a la vez: fogones a tope, agua hirviendo para los ñoquis, sartenes ocupadas todo el tiempo, la pica llena de cacharros, faltan cubiertos, faltan platos, falta de todo, el suelo lleno de mierda, mil comandas saliendo de la máquina.

 Ahora mismo no recuerdo qué hora sería, pero ya había aflojado un poco el trabajo y estaba sirviendo los últimos platos de ñoquis cuando la jefa entró por la puerta de la cocina con su móvil en la mano diciéndome que tenía una llamada para mí de mi novia: «A tu padre le ha dado un infarto al corazón esta tarde y ahora lo tienen en el hospital, llevo horas intentando dar contigo».
 Mientras mi novia me seguía hablando me metí en el pequeño cuarto de baño (trastero, taquillas improvisadas del personal donde no cabe ni un alfiler) y me senté en la taza del váter. En ese momento mi corazón se puso a mil y me puse muy triste y se me saltaron unas cuantas lagrimas.    
  —Vale, estoy bien, espera que digiera la noticia…
 Después le dije a mi novia que viniera a buscarme para irnos juntos a casa; estaba claro que ya no iba a poder seguir dando ñoquis esa noche. Había dejado la cocina empantanada y hasta arriba de trastos; lo normal cuando se tiene un servicio intenso de no parar. En esas horas no había podido mirar mis mensajes privados porque no había tenido ni un solo segundo de descanso. En otro momento y con mi teléfono cerca, habría reaccionado a tiempo. A mi novia, la noticia también la pilló fuera de casa porque esa noche tenía trabajo en una discoteca. En la llamada, mi novia me dijo que cómo no había tenido forma de ponerse en contacto conmigo me había enviado una nota con un mensajero Globo; no sabía que se podían hacer ese tipo de cosas.
 Mientras la esperaba, recogí mis cosas y le pedí dinero adelantado a mi jefa porque sabía que lo iba a necesitar para los próximos días. Otro salto a la isla, y este no estaba en mis planes: demasiados vuelos, demasiadas camas. Antes de salir de la cocina, la jefa me pidió los últimos tres ñoquis con setas y los preparé, completamente hundido y descentrado.
 Vale que durante mucho tiempo no me haya llevado como debería con mi padre y que no haya estado de acuerdo con muchas cosas que ha hecho en estos últimos treinta años, y da igual si compartíamos gustos o aficiones. Cuando te dicen que tienes a tu madre moribundo y conectado a una máquina, te importa una mierda todo eso; tu padre sigue siendo tu conexión con tu pasado, con tus orígenes. Cuando te dicen que tu padre se está muriendo, inmediatamente —y egoístamente— piensas: Yo seré el siguiente.
 
 Sobre las once de la noche mi novia apareció en la puerta del restaurante y se bajó de un taxi, luego nos dimos un abrazo. Bajamos caminando la cuesta en dirección al metro mientras yo hablaba con mi hija desde su móvil. También le envié un mensaje a mi sobrino y él me dijo que la cosa no pintaba bien. Antes de llegar a la entrada del Metro pensé que debíamos cenar algo porque en casa no tenía nada preparado y yo llevaba horas sin comer nada. Además, no cenar no iba a solucionar nada.
 Después de mirar varios sitios, nos metimos en un restaurante indio que estaba antes de llegar a la plaza de Lavapiés. Siempre recordaré esa cena como una de las peores que he tenido en mi vida.  Después de la cena volvimos a casa en metro, como toda la gente pobre y normal que coge el metro para volver a casa. Nos sentamos con todas esas personas que volvían a casa después de sus jornadas (de mierda) laborales: los currantes de los servicios, los que le limpian el culo a tu abuela y te sirven las hamburguesas en los McDonalds.
 Al llegar a casa me di una ducha y luego miré los vuelos para ir a la isla; ir ese domingo iba a ser imposible porque los vuelos superaban los cien euros. Se lo dije a mi jefa y ella insistió en pagarme el vuelo, y yo me negué: Soy pobre, con todas las consecuencias.
 Al final encontré un par de vuelos baratos por 38 euros para salir el lunes y volver el miércoles por la noche; así tendría un poco de margen para estar unos días en la isla.

 Recién duchado y descansando en el sofá, entré en Instagram y vi una publicación del restaurante; la jefa había puesto que el local iba a estar cerrado hasta el viernes por motivos personales de urgencia. «Si me voy de aquí se hunde el negocio». Cuántas veces en mi vida laboral había oído esa frase de mierda. Pero esta vez parecía que iba en serio.
 Lo último que me dijo mi sobrino antes de meterme en la cama es que los médicos habían visto muy mal a mi padre y que lo iban a desconectar.



La mañana del lunes iba a la isla con la idea de asistir a un velatorio y un funeral. Estaba en shock, muy agotado, me costaba moverme y pensar con claridad.  
 Renfe hasta Atocha y luego un autobús hasta la Terminal 1. Durante el trayecto intenté pensar en otras cosas, intenté pensar en mis gilipolleces; pensé que me encontraría mejor si me tomaba con buen humor todo lo que me estaba pasando; pensé que una mente positiva me ayudaría a tener mejor cuerpo (todas esas chorradas que dicen en los libros). Entonces me puse a pensar en todas las fantasías sexuales que tenía pendientes. Y luego pensé en la voluble carrera de Don Johnson, y que el mundo del cine había sido injusto con él. Luego también pensé que en el momento que volviese a casa para escribir todo esto, iría a Google para buscar la palabra voluble.
 En ese trayecto también pensé en la próxima reunión que tenía programada para el doce de enero con esa plataforma famosa a la que le iba a proponer una serie de comedia; llevo ya muchos años en Madrid intentando levantar un proyecto que no sea cocinar o fregar platos.
 Antes de llegar al aeropuerto pensé en muchas cosas que nada tenían que ver con la muerte de mi padre, y pensé en mi salud y en mi diabetes: tenía que estar fuerte y entero; mi hija no me podía ver destruido y por el momento yo no podía ser el próximo.
Sentado en un asiento en la puerta de embarque (y después de comer una hamburguesa de pollo) mientras esperaba mi avión, seguí hablando con mi sobrino y me dijo que tenía buenas noticias; me contó que mi padre no estaba tan mal y que había algo de esperanza. Aquella buena noticia me cambió el cuerpo. Antes de eso, había estado hablando por mensaje privado de Instagram con uno de mis primos y le había contado que no tenía ni idea de funerales ni de cómo se tramitaba todo eso. «Tú tranquilo, mi madre es cinturón negro.»
 Así que ahora, en vez de ir a una despedida y un funeral, iba a coger un avión para ver qué me encontraba en el hospital. Mi exmujer y mi hija me recogerían a mi llegada al aeropuerto de Palma.

Eran más de las tres de la tarde cuando salí del avión una vez aterrizando en la isla. El vuelo más barato hacía que siempre llegase tarde a todo.
 Vi a la madre y a la niña esperándome con el coche aparcado; Paula se bajó del coche y nos dimos un abrazo. Luego fuimos directos al hospital. Paula se había cogido el día libre en el instituto y se quedaría conmigo en los próximos días.

Como en ese momento la situación no pintaba tan mal, me sentí con mejor humor (mente tranquila, buenas energías, «ponte tranquilo», me decía a mí mismo todo el tiempo). Llegamos al hospital y subimos hasta la tercera planta. En ese hospital había nacido mi hija en el 2008. En ese hospital se nacía y se moría cada día. En la sala de espera estaba mi tía Conchi (la Conchi de siempre, de toda la vida, la hermana de mi madre). Dentro de la habitación donde estaba mi padre encamado, se encontraba mi primo Carlos, hablándole a mi padre,  que estaba completamente dormido y sedado. Mi tía nos contó que seguía todo igual, estable, pero igual. Era la misma información que nos habían estado dando en las últimas horas: que había alguna posibilidad pequeña de mejoría y que intentarían quitarle el oxigeno asistido para ver cómo reaccionaban sus pulmones. El típico dialogo que habíamos oído millones de veces en series y películas; no cuesta nada imaginar al doctor House entrando por la puerta (bastón en mano) para contarnos la situación: «Pienso salvar la vida de vuestro padre». Y acto seguido, el doctor saca un frasco de pastillas de su pantalón y se lleva una par de pastillas (como caramelos) a la boca.
 Después de ponernos al día con mi tía, mi primo  Carlos apareció por las puertas de seguridad, las que daban a la sala de la UCI; esas puertas se abrían automáticamente y de forma muy lenta.
 Después de saludar a mi primo, era mi turno de entrar por ese pasillo para ver a mi padre moribundo. ¿Cómo se enfrenta uno a algo así? Nadie te prepara para ese momento. En la seguridad social no te dan un curso dentro de una sala con aun tipo y un powerpoint con un montón de fotos de stock que representen y expliquen cómo te vas a sentir en esos momentos: «Estás a punto de presenciar el momento más jodido de tu vida».
 Mi hija quiso entrar conmigo, así que pasamos por ese pasillo (lo has visto en las películas) y al final del pasillo, una doctora nos indicó dónde estaba la habitación en la que se encontraba mi padre, y nos acompañó. Mientras caminábamos cruzando habitaciones de otros padres moribundos, la doctora nos fue explicando todo lo que estaban haciendo y que estaban buscando las causas del infarto. Yo le dije a la doctora que mi padre era diabético y que tenía sobrepeso y que nunca se había cuidado. Supongo que toda aquella información sobraba, porque eso ya lo sabían y porque lo veían cada día en aquella planta del hospital; y en vez de soltar cosas buenas sobre mi padre, mi primera reacción fue ser sincero y soltar todas las cosas malas que había hecho…

 La doctora nos dejó en la puerta de la habitación y ahí estaba mi padre, encamado y gordo como una vaca, conectado a un montón de aparatos; los has visto en las películas: un montón de tubos, cables, monitores, una cinta en la frente que conecta con el cerebro; varias agujas clavadas por el cuerpo, el suero, la bolsa de pis; y luego está esa máquina que mide las constantes. «Y Traigan la máquina que hace ¡ping!». Como dirían los Monty Python’s en El Sentido de la vida.
 Al acercarnos a la cama, mi hija y yo nos quedamos si habla; algo normal en un momento así. Pero la doctora nos dijo que le podíamos hablar, así que Paula le dijo algo y luego sentimos cómo a mi padre se le hinchaba el cuerpo, como una reacción a la voz de su nieta, como si mi padre siguiera consciente (de alguna forma) al final del túnel de su mente, esperándonos sentando en una silla en una habitación a oscuras, esperando a que alguien le volviese a encenderle la luz.

Luego yo le dije algo del pueblo, y de que se tenía que poner bien para ir la fiestas. Y todo fue muy raro y frustrante, pero porque no había un manual para este tipo de situaciones. «Sé tú mismo, dentro de lo que sepas ser tú mismo».  
 Después de estar un rato contemplando a mi padre haciéndole compañía (si se puede decir así), mi hija y yo salimos de la UCI y volvimos a la sala de espera. Mi tía y mi primo nos dijeron que luego, sobre las ocho, mi sobrino vendría con su padre, y que también vendría gente del pueblo: familiares de mi padre que llevaba veinte años sin ver. Y ese reencuentro sí que iba a ser raro.

 Así que Paula, la madre y yo decidimos marcharnos un rato con la idea de volver más tarde. Antes de salir del hospital nos metimos en la cafetería para merendar algo. Las cafeterías de los hospitales no me incomodan porque son espacios que me recuerdan a los aeropuertos, con toda esa gente de paso. Después de tomar un café y comer algo, les propuse a mi hija y a la madre ir hasta Palma para dar una vuelta y visitar una librería a la que siempre vamos. Así gastaríamos ese tiempo hasta la próxima hora de visita.


Cogimos otra vez el coche, y en cuanto llegamos a Palma, se puso a llover: las malas noticias y los días tristes siempre van acompañados de lluvia.
 Pasamos un buen rato en la librería, y mientras ojeaba los libros, me puse a pensar las vidas que necesitaría para leer todo lo esencial, porque siempre he sido un lector muy lento. Y la literatura no es como el cine; mi plan de aquí hasta los 80 años (si es que llego) es terminarme todo el cine, o al menos el esencial; ya he visto los Padrinos, Lawrence de Arabia y El Gabinete del doctor Caligari, ahora me faltan las otras.
 Paula se me acercó y me dijo: «Recomiéndame algo que me cambie la vida y que sea increíble.» En ese momento pensé en sus 14 años y en su adolescencia y en su pasión por las bandas de rock raras; luego me acordé de un libro que leí hace unos años y que me enganchó tanto que no lo pude soltar hasta terminarlo: Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett (el barbudo cantante y compositor de su banda Eels. Con el libro en las manos, le dije a la niña que tenía que leer el libro y descubrir su música. Por mis manos también pasó El guardián entre el centeno, y pensé en los 14 años de la niña y que el libro de J. Salinger seguramente sería una lectura cojonuda para dentro de unos años, como escuchar los discos esenciales de Sonic Youth. (Vaya chapa de señor mayor aburrido).  

 Paula y yo nos sentamos en un sofá de la librería
al lado de los libros de arte y de ilustración, y de nuevo volví a pensar en el puto ladrón yonki saliendo del supermercado y que ahora no me podía sacar el móvil del bolsillo de mi chaqueta para hacerme una foto con mi hija. Ahora todo lo registramos con fotos y vídeos para Instagram para que todo el mundo sepa lo que estamos haciendo en todo momento.
 Sobre las siete de la tarde volvimos al parking del hospital. El cielo estaba completamente negro y seguían cayendo unas gotas. En un sprint, la madre salió corriendo del coche hasta la puerta del hospital mientras la niña y yo la miramos sin entender nada (a esa mujer nunca le ha gustado mojarse). Luego Paula y yo salimos del coche tranquilamente y caminamos —a nuestro paso de siempre— hasta la entrada.
 Al llegar de nuevo a la sala de espera vimos que había llegado más gente: algunos de mis primos, otras personas que no conocía de nada y mis primas con mi tío Chato. Mi tía Conchi y mi primo Carlos estaban hablando con todos los familiares, como una especie de embajadores del caos.
 La niña, la madre y yo nos mezclamos con el grupo, y a cada nuevo primo que iba apareciendo, me parecía más gracioso. Hacía un millón de años que no nos juntábamos, pero seguíamos siendo una familia. Estamos todos más viejos, más divorciados y más diabéticos. Nos hemos metido en esa edad en la que sólo nos vemos en funerales y en salas de esperas de hospital.
 Mi familia se interesa por mi padre y me preguntan cómo está. «Sabremos más cosas en las próximas horas», contesta repetidamente mi tía Conchi. Es lo que siempre dicen los médicos… ¿Te imaginas un mundo en el que diésemos la misma respuesta para todo? ¿Qué vamos a comer hoy? ¿Has cobrado ya? ¿Me quieres..? Lo sabremos en las próximas horas…
 Después de perderse por el hospital, uno de mis primos apareció (como en una sitcom) y lo primero que nos preguntó fue: «¿Qué, la palma o qué pasa? Luego aparecieron todos los familiares del pueblo de Jaén, como recién salidos de una excursión en bus por Mallorca. Y me acordaba de ellos, menos de un señor calvo de la edad de mi padre que se me acercó para darme un abrazo: «Soy el hermano de tu padre». Y de repente me vi abrazando a señores que no conocía de nada. Me acordaba del sobrino de mi padre; un señor cincuentón con cuatro pelos, y de una prima; pero como apenas había tenido contacto con la familia del pueblo, ese reencuentro fue bastante frío.
 Estaba claro que habían venido para despedirse de mi padre.

 Nos fuimos turnando otra vez para volver a entrar en la habitación de la UCI, y la cama de mi padre moribundo se convirtió en una especie de improvisado photocall por el que fue pasando toda la familia. Cuando te mueres, todo el mundo se acuerda de ti, aunque solo sea un poquito.
 En mi turno me metí acompañado de mi tío (el señor calvo hermano de mi padre) y cada uno nos pusimos a un lado de la cama y esperamos el próximo parte de los médicos. «No pinta bien», me dijo mi tío. Luego le cogimos las manos a mi padre  y yo le toqué su cabeza; su cabezón calvo y sudoroso. En mi familia, cariñosamente siempre había sido «el tío Cabezón».
 Después de ese rato con mi tío del pueblo, ahí plantados, observando a mi padre sin mucho más que poder hacer, fueron pasando otros familiares. Mi tío Antonio (que tiene el pelo blanco y una gran barriga) se muestra muy enfadado con mi padre, como si le hubiese fallado; se nos acerca y nos dice: «Si tu padre está igual, tiene su cara de siempre, lo que pasa es que está dormido». Imagino que se siente defraudado con mi padre porque de alguna manera lo ha dejado tirado y ya no le podrá hacer compañía en los partidos de fútbol del bar del chino de la plaza.
 Después de pasar varias veces por la habitación de la UCI para seguir viendo a mi padre en el mismo estado, empecé a recordar un montón de pelis en las que el protagonista volvía a la vida después de pasar varios días o meses en coma; y pensé en Uma Thurman en Kill Bill, James Caan en Misery, Andrew Lincoln en The Walking Dead, Robert de Niro en Despertares, todos los personajes de Línea Mortal; incluso pensé en Steven Seagal en Difícil de matar, la madre de Good bye, Lenin!, La escafandra y la mariposa. Eran tantas las referencias que la lista era interminable. La vida que imita al cine y al revés.
 También fantaseé con la idea de que mi padre se despertaba y me ponía a hablar con él, como si no hubiese pasado nada y todo había sido un pequeño susto; luego le quitaban los cables, los parches y le daban su ropa, y salíamos de allí caminando para volver a casa… Pero eso era imposible.  

Esa tarde de lunes lluvioso no podíamos hacer mucho más en la sala de espera del hospital y decidimos largarnos. Quedé con la familia del pueblo que al día siguiente volvería con Paula al hospital y que los acompañaríamos al aeropuerto. Luego salimos todos del hospital. Eran casi las nueve de la noche y seguía lloviendo.

Mi padre se pasó encamado seis meses, hasta su muerte el día 5 de junio del 2023.

viernes, 22 de noviembre de 2024

UN PATO

 


A veces me levanto empapado en sudor en medio de una pesadilla gritando ¡¡¡HOWARD, UN NUEVO HEROE!!! Luego mi novia me pregunta qué me ha pasado y nunca sé que contestarle.

¿Es Howard... un nuevo héroe la peor película de la historia? O al menos quiero pensar que es la peor película protagonizada por un pato.
En un intento de rescatar el título en una noche de verano con pizza y acompañado de mi hija y mi novia, propuse ver la peli. Estaba disponible en Netflix y no sé qué cables se fundieron en mi cabeza cuando decidí que era un buen plan... Cuando le di al play y pasaron unos minutos, me di cuenta de que estaba mejor en el recuerdo. Un actor enano dentro de un horrible traje de pato, que vive en un extraño planeta parecido al nuestro (pero con putos patos). Tras un accidente con un rayo láser (o algo así), el maldito pato viaja hasta nuestro planeta, conoce a Lea Thompson y ella se lo lleva a su apartamento (zoofilia a tope en tu cabeza, lo sé). También sale Tim Robbins, que ese mismo año estrenaba Top Gun. Y pasan un montón de aventuras con el pato y todo lo demás lo he olvidado.
No sé si llegué a verla en el cine, no tengo ese recuerdo. Sí que fue una peli «guay de videoclub», una de esas que había que ver porque tenía un montón de efectos especiales. La vendieron como una película de George Lucas, era una producción suya. Cuando la vimos en su momento no le pusimos tantos «peros»; era una cinta simpática de aventuras juveniles (con zoofilia a tope en tu cabeza). Me imagino a su guionista William Huyck con el libreto en la mano, entrando en el despacho de Lucas, poniendo el guion sobre la mesa y diciéndole: «Esto va a ser guay». Y la cabeza de Lucas (a tope de cocaína) pensando: «Tiene toda la razón, esta mierda va a ser guay, y Willow también lo será». Howard... un nuevo héroe es considerada una de las peores películas de la historia que arrasó en los Razzies ganando... creo que todo; incluso inventaron nuevas categorías. Originalmente, era un cómic de Marvel y la idea inicial de Lucas era hacer una película de animación (lo que podría haber sido mejor). El proyecto fue seleccionado por Universal después de su unión con Marvel pensando que lo iban a petar mucho. Universal necesitaba un éxito para el verano y tenían a Lucas y a su maravillosa fábrica de sueños llamada ILM. ¿Y qué fue de la carrera de Ed Gale (el actor debajo del pato) después de Howard? Pues imagínate, un viaje iniciativo hacía la oscuridad, plagado de malas decisiones, prostitutas enanas, noches en el calabozo, bares madrileños de karaoke, divorcios y cocaína. Un infierno a la espera de otro éxito.

martes, 12 de noviembre de 2024

 

 


 

 

 

 

 

 

12 de noviembre 


En nada le volverás a gustar a alguien nuevo.

  Si a este libro lo he titulado como El verano de mi depresión, ¿por qué sigo escribiendo por estas fechas? ¿Por qué no aparco mi depresión y me centro en cosas más productivas? No sé, como seguir leyendo, pensar en chicas o salir a caminar un rato… ¿Es productivo seguir pensando en chicas si sé que me van a volver a romper el corazón? ¿Queda algo más en mi corazón por romper? Creo que sería un buen compositor de canciones cursis.
 Hoy estoy muerto de frío y dan lluvia para toda la semana. Esta tarde saldré para ir al chino y pillaré unos guantes cortados; los últimos que perdí creo que se quedaron en el circo, o estarán en algún lado de mi cuartucho y no me apetece nada ponerme a buscarlos.

 Si hace unos meses escribí: «si Tinder no funciona, no lo sigas intentando con otras aplicaciones de ligoteo». Ayer me comí mis palabras y desinstale Tinder del móvil y me bajé otra aplicación llamada Badoo. Así que ahora en el móvil tengo esa nueva aplicación, y la de Bumble. Y de todas estas aplicaciones —que sé que son inútiles—, el único buen resultado fue con la chica de Barcelona. Todo lo demás han sido intentos frustrados de hablar con chicas y de llegar a algo con ellas; mucho ghosting y mensajes vacíos que quedaron en nada. «Los tíos lo tenéis más difícil. Nosotros al menos podemos hacer criba». Lo que me gustó de la nueva aplicación de Badoo es que uno de los primeros mensajes de bienvenida que leí fue el de: «Es cuestión de tiempo que le gustes a alguien nuevo», como mensaje optimista en un mundo podrido y oscuro. Y ahora mismo tengo esa frase en mi cabeza: «En nada le gustaré a alguien otra vez», y tendré que volver a tener otra cita y quedaremos para cenar en un restaurante chino y tendremos que volver a hablar de nuestros gustos y me tendré que callar la boca cuando descubra que los gustos de la otra persona son una puta mierda, y me hablará de lo mucho que le flipa el reguetón.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Algunos pensamientos tristes

  En septiembre del 2018 dejé la isla para largarme  a vivir a Madrid con una mochila llena de sueños y proyectos artísticos. En los cinco años que pasé viviendo en la ciudad trabajé de lavaplatos en un restaurante —pijo y detestable— en la zona de la Latina. Estuve unos meses trabajando de ayudante de cocina en un restaurante japonés (los japoneses son unos gilipollas y unos racistas). Luego pasé un par de días en la cocina de un bar, pero no pasé la prueba y el dueño me indicó donde estaba la puerta. Después de eso llevé la cocina de un restaurante vegano y sin gluten (sí, todo muy fuerte); y al año de estar trabajando muy a gusto, la jefa se cansó del local y lo traspasó, y de nuevo me vi en la puta calle. Mis últimas semanas en Madrid —con una crisis de pareja, otra existencial, y completamente hundido— pasé dos semanas dentro de la cocina de un restaurante de bocatas de calamares y combinados de papas con huevos fritos; en aquel sitio —del infierno— me pasé 12 horas encerrado al día. El jefe (y dueño del local) era un maldito miserable, un fascista y un explotador, como casi todos los empresarios que llevan sus negocios en Madrid, ¿no? ¿O nos vamos a asustar a estas alturas por decir las verdades?
 —¿Y las horas extras me las pagarás? —le pregunté al jefe una noche.
 —Bueno, pero para eso me tendrás que demostrar que lo vales —me contestó el jefe, en mitad del pasillo de la cocina que daba a los cuartos de baños que siempre estaban encharcados de mierda. Y esas palabras se me quedaron grabadas: «Me tendrás que demostrar que lo vales, que te las mereces, que te mereces que te pague todas las horas extras que estás trabajando para mí». ¿Pero cómo se podía ser tan hijo de perra y por qué este tipo de seres miserables viven hasta los 90 años?
 Aquellas palabras fueron la estocada para que al día siguiente le dijese al jefe que no iba no iba a seguir trabajando con ellos. Lo siento pero no puedo trabajar con cerdos. Te puedo hacer ocho horas de trabajo, incluso nueve, pero con 47 años no me veo con energías para estar aquí metido doce horas día —le dije. Por cierto, los bocatas de calamares son un asco, no saben a nada; es como meter calamares dentro de un cacho de pan y hacer como si fuese un bocata sabroso, y no lo es; es ridículo.

domingo, 10 de noviembre de 2024

 

10 de noviembre 

Diez de la noche. Sóller. 

Voy a masturbarme. Masturbase está bien. ¿Para qué quiero seguir escribiendo o hacer otra cosa? En la masturbación siempre hay un placer mayor, incluso una narrativa. Me masturbo un rato, luego me quedo tranquilo y luego paso a otra cosa. Y al rato vuelvo a pensar en la masturbación. Y mañana parece que va a ser lunes… otra vez. 

martes, 2 de enero de 2024

EN ALGÚN MOMENTO DEBERÍA PASAR ALGO BUENO

 

 

Contexto

 Para poner todo esto en contexto: fui un niño de los ochenta criado por una pareja muy normal que había tenido dos niños, se habían casado, habían comprado una casa, tenían un coche, los dos trabajaban en los hoteles y, en sus vacaciones, iban a pasar sus días de descanso a Jaén y Málaga. En el barrio en el que me crie no había nada salvo casas, solares vacíos, terrenos de bosques y vertederos de basura. Descubrí la cultura gracias a los quioscos que me traían los cómics, y descubrí el mundo gracias a las películas de los videoclubs. En los años ochenta, una lesbiana era una tortillera, un gay era un maricón o un marica, un discapacitado era un subnormal, una persona sintecho era un vagabundo. Al ejercicio se le llamaba Aeróbic y al Running se le llamaba jogging. Una prostituta era una fulana, una puta o una ramera. Las películas eróticas eran verdes, y el sexo se descubría a través de las revistas porno. Mi madre decía «joder» en vez de «follar». A los cómics los llamábamos tebeos, pero también cómics, y eran de Marvel o DC (editados en España por Forum y Ediciones Zinco). Y las novelas gráficas… bueno, ese término no existía.
 La gente tenía un par de hijos y el tercero solía ser el no deseado. La gente estaba todo el día pegada a la tele. Se fumaba demasiado, se bebía demasiado y los hombres pasaban demasiadas horas metidos en los bares. Nadie leía, o al menos yo no recuerdo ver a nadie de mi entorno con un libro en las manos. El cine no tenía etiquetas: no era ni de culto ni independiente; todas eran películas y todas eran buenas en el momento en el que entraban en el reproductor de VHS.
 Teníamos dos canales, y si el sábado por la noche ponían Conan o la Estanquera de Vallecas, esas eran las películas que veía todo el mundo. El Un, dos, tres… era el programa de entretenimiento que veíamos en familia. La Bola de cristal era el programa de los niños. La música española era una mierda, y si entrabas en cualquier casa y mirabas entre los discos, te encontrabas los mismos vinilos de Juan Pardo, Mecano y el de Boney M que ya tenías en tu puta casa. Los domingos íbamos a la casa de campo, y no sé qué coño hacíamos allí porque en el campo nunca había nada; supongo que eso es lo que buscaban nuestros padres después de pasarse toda la semana metidos en los hoteles.
 No es que la vida fuese más sencilla y feliz por no tener las cosas que tenemos ahora, simplemente vivíamos de otra manera. Nadie te calentaba la cabeza con sus cuarenta recomendaciones semanales o con las 15 series que tenías que ver, o con la nueva peli de culto del momento. Las series que veíamos eran El Equipo A, El coche fantástico, Verano azul, Cheers o Falcon Crest, entre otras. Nadie te cancelaba nada y el pensamiento parecía ser más libre. Los spoilers no existían, y los «expertos en todo», tampoco. Tampoco existían los planes; llegabas a casa de alguien y, sobre la marcha, veías qué hacías; o te quedabas a ver una peli en el sofá con sus padres, o salías a dar una vuelta. Los mensajes de texto, los WhatsApp y las redes sociales, no existían. Los teléfonos móviles eran ladrillos super modernos que aparecían en las películas y los llevaban los yuppies como Michael Douglas cuando conducía un descapotable rojo por una carretera de Los Ángeles. Schwarzenegger era nuestro ídolo y se pusieron de moda los gimnasios, las clases de karate, las saunas y la ropa deportiva de las marcas Adidas y Nike. Mis primos flipaban con la NBA, con los partidos de los Lakers y con los discos de Prince. La discusión con mis primos siempre era la misma: ¿Quién era mejor, Prince o Michael Jackson?
 No sé cuántas miles de veces pudimos llegar a ver las tres primeras pelis de Rambo. Las bicicletas dejaron de llamarse bicis para ser Mountain bike.  El machismo, tal y como lo conocemos ahora (como lacra, palabra y concepto), no existía en el vocabulario de los años ochenta; nadie era machista, aunque viviésemos en una de las épocas más machistas que haya existido en este país (¿acaso alguna época no lo ha sido?) «Mi marido me pega» como coletilla, la cantante italiana con sus pechos fuera, el Tele5 de las Mamachicho, las pelis del videoclub del destape, el cine italiano con Alvaro Vitali, etc. Los ochenta también fueron la época de los primeros anuncios de condones y de los peligros de la cocaína, los anuncios de los accidentes de tráfico, el Canal+ y el porno codificado, el programa de Hablemos de sexo, el sida de Magic Johnson y la muerte de Freddie Mercury… Y sí, los años ochenta fueron diferentes…
 ¿Y adónde quiero llegar con todo esto? Creo que todo esto intento dibujar una época en la que muchos nos criamos desnudos en un país que aún estaba por hacerse.


domingo, 24 de octubre de 2021

SOY POSITIVO




 Volvía a Madrid después de pasar unos días en Mallorca. Era 11 de octubre y esa semana tenía que hacer un montón de cosas. Me sentía joven y tenía una carrera artística brillante. Los días en la isla acompañado de mi hija, parecía que me habían cargado las pilas.
 Sobre las 9 de la mañana llegué a la casa de mi suegra en Móstoles, y roto del viaje fui directo a la cama para dormir unas horas. (El primer vuelo de la mañana siempre me mataba). Después de una par de horas de cama me metí en la ducha y luego salí por la puerta para coger un bus en dirección al centro; había quedado con mi novia para ir a comer en un centro comercial. Después de comer en un restaurante —que estaba todo riquísimo— dimos una vuelta por el centro comercial para buscar un gofre y un café: el postrecito de después de habernos comido 5 kilos de pasta con queso y un montón de movidas por encima. El gofre, para ella, el café sin azúcar y sin vida, para mí.
 Fuimos directo al primer local de gofres que encontramos y le pedimos un gofre con helado a una joven dependienta. La dependienta (gofrera), en un intento de hacer un gofre en la máquina, lo terminó rompiendo mientras nosotros la mirábamos sin entender nada: «Sería su primer día de trabajo», pensé. Luego, la dependienta «gofrera» —con un tono de decepción— nos dijo que no le quedaba más masa y que lo sentía. Después de esa decepción, cogimos el bus de vuelta a casa y nos metimos en la cama para celebrar una gloriosa siesta; una siesta reparadora para olvidar el gofre y los fracasos de la vida.

 Sobre las seis de la tarde salí de la cama con la sensación de que mi cabeza había sido encajada entre placas metálicas de una maquinaria de una fábrica (meter aquí más comparaciones con máquinas complejas). Luego me arrastré hasta el baño y me miré en el espejo; normalmente no me gusta lo que suelo ver: una cara de mierda con barba de viejo perro vagabundo. Luego fui directo al sofá para espachurrarme; seguía siendo Lunes. 
 Pasado un rato, mi novia salió de la cama y se sentó conmigo en el sofá mientras y me dijo que se sentía muy agotada. Me voy a acercar hasta el centro médico —me dijo. 
Cuando ella salió por la puerta, yo me quedé en el sofá mirando las noticias sobre no sé qué de un volcán que llevaba activo desde hacía semanas y me lo había estado perdiendo. Me puse al día con todo lo referente al tema: Pero qué fenómeno de la naturaleza más sorprendente, pero qué pequeños somos, pero también qué desastre, qué drama, joder… No podía apartar la mirada ante «semejante espectáculo»… Lo que está claro es que no hay forma de apagar ese volcán. ¿Cómo se apaga un volcán? 
 Mientras veía asombrado el volcán, me vino a la mente aquella película de Roberto Rossellini con Ingrid Bergman. (Joder, de verdad, deja de relacionarlo todo con putas películas y empieza a vivir la vida de verdad). 
 Después de un rato de tele y de tanto volcán, me empecé a sentir muy agotado y me volví a la cama; me notaba algo resfriado y empecé a pensar en el final de la vida y que ya estaba preparado para marchar porque sentía que había dejado algo de legado, o al menos un puñado de buenos vídeos en Youtube. 
 Pasado un rato, mi novia volvió del médico y me dijo que los dos nos teníamos que hacer las pruebas de antígenos porque probablemente tuviésemos eso de lo que hablaban todo el tiempo por la tele. 

 Al día siguiente (eso fue un martes), mi novia y yo nos acercamos hasta el centro médico. En mi agenda tenía los rodajes del próximo jueves de esa semana y que no podía cancelar (por esas fechas estaba grabando un programa de entrevistas que nunca vendí). 
 Al entrar en el médico, todo fue muy rápido y no tuvimos que esperar en una interminable cola; lo más gordo de la pandemia ya había pasado y parecía que éramos los últimos en llegar a la fiesta. Pasamos a una sala de espera y entré yo primero en la consulta para hacerme otra prueba del palito. Después de 10 palitos por la nariz, mi cerebro toleraba cada vez menos las putas pruebas (meter aquí la imagen de Schwarzenegger en Desafío Total). Esta vez terminé literalmente en el suelo después de moverme como una cobra en mi silla para evitar el maldito palito. «El jueves tengo que grabar mi programa de entrevistas, así que no puedo dar positivo» ,le dije a la enfermera. Luego salí de la sala y me senté a esperar el resultado. Después pasó mi novia y ella soportó mejor la prueba —porque es una persona adulta— y no tuvo que hacer el ridículo como yo, deslizándose hacia el suelo como una serpiente haciendo break dance en un metro de Nueva York en el año 85.

 Después de las pruebas, nos quedamos los dos solos sentados en la fría sala de espera. Y en esos minutos hablamos del futuro y de todas las cosas que nos quedaban por hacer, y de que la vida que venía iba a ser maravillosa para dos personas brillantes y talentosas como nosotras… No recuerdo exactamente de qué hemos hablado en esos minutos, la verdad.

Veinte minutos más tarde, la médica volvió a abrir la puerta y me hizo pasar y me dijo que había dado positivo; en ese momento mi cabeza se fue a la secuencia de Breaking bad y a otras mil secuencias que había visto en la ficción en las que al protagonista se le comunicaba que iba a morir en los próximos meses: «¿Pero cómo voy a ser positivo?» Después de recibir la noticia, me tiré al suelo y me puse a llorar y tuvieron que venir varios enfermeros para calmarme; me atraparon y me pusieron una camisa de fuerza y luego me chutaron una droga muy fuerte y finalmente me quedé dormido  y babeando en un camilla… Vale, todo esto no pasó, pero hubiese molado. 
 La médica me dijo que tenía que volver a mi puta casa y que tenía que hacer cuarentena. Entonces pensé en Kate Winslet en esa película y en lo mucho que se muere (¿has visto Contagio?). Y también me acordé de Denzel Washington en Philadelphia cuando tiene la primera reunión en su despacho con Tom Hanks, y la mirada de Washington no para de seguir todo lo que toca Hanks… Joder, pero qué escena, y cómo lloro siempre con ella. 
 Así que ahora era positivo, un enfermo de covid, un contagiado, un futuro zombie, un ser apartado de la sociedad, un futuro fiambre, o un futuro superviviente de una pandemia que viviría con secuelas el resto de sus días; un viajero del futuro con ropas apocalípticas con un viejo abrigo molón que recorrería un mundo vacío acompañado de un perro muy inteligente que le ayudaría a sobrevivir en la peligrosa carretera… vale, paro ya. 
 
Después de darme la mala noticia, mi novia pasó a la consulta y a ella le dijeron que había dado negativo. «Que guay , así que aquí el puto enfermo soy yo». 
 —Te llamarán estos días para seguir tu evolución, y también te llamarán los rastreadores —me dijo la médica antes de salir de la consulta mientras en mi cabeza seguía teniendo la imagen de la Winslet queriendo en aquella peli. 


Salimos de la consulta y mi novia me dijo que me seguiría queriendo, aunque perdiese los brazos, el olfato o la vida. Esto era otra prueba que nos ponía la puta vida. Ahora que estábamos al final de la pandemia, voy y pillo el puto virus ese del que hablan por la tele. Joder, la pandemia pasó a otra cosa y ya no molaba hablar del tema; era todo tan 2020. 

 Antes de entrar por el portal de casa, mi novia me dijo: «Mira la calle, el cielo, la gente y el barrio, porque no lo vas a ver en unas semanas». Tampoco me pierdo nada, pensé en ese momento mientras esperamos el ascensor. Al entrar por la puerta de casa, fui directo a la cama. Ahora que sabía que no era un resfriado ni una gripe común, pensé en todas las cosas que mi cuerpo iba a experimentar en los próximos días: fatiga, dolor de cabeza, dolor de cuerpo, falta de aire, pérdida del olfato, mal gusto para vestir, perdida del cabello (no tengo), fiebre y ganas de dormir todo el tiempo. 
 Mi novia y yo nos metimos en la misma habitación,  y no sé si lo hicimos bien porque la médica nos recomendó separarnos en casa. ¿Tenía que aislarme solo en una habitación mientras mi novia y mi suegra hacían vida normal en el resto del piso con sus 28 habitaciones, los 30 cuartos de baños, el salón comedor con espacios de juego, piscina, librería, sala de cine, más el espacio para el helicóptero? Así pasamos todos el confinamiento, ¿te acuerdas? 
 En ese momento —con los dos encerrados en la habitación— me imaginé a mi suegra tras la puerta con un lanzallamas en mano haciendo guardia por si a alguno de los dos se nos ocurría salir de la habitación. Y delirando por la fiebre, me puse a pensar en La cosa de John Carpenter; y pensé en El Expreso de media noche y en aquella otra película en la que se comían una cucaracha, ¿Papillon? Entonces me puse a pensar que iban a ser días muy largos y oscuros y que íbamos a pasar muchas horas encerrados. 
 Ahora que era positivo oficial, tenía que cancelar todas mis citas de ese jueves.
 A la hora de estar metido en la habitación, ya tenía la sensación de llevar dos confinamientos seguidos. ¿Y ahora qué hago? ¿Qué le digo al mundo? ¿Lo hago oficial y comparto una foto mía en Instagram, con cara de perro medio muerto, diciéndole a toda mi comunidad lo mucho que los quiero y todo eso? De esta saldré más fuerte : #todovasalirbien#lavidaeschuli #elmundonoseacabaaquí 
 ¿Cuánta gente que conocemos ha pasado el virus y no se lo ha dicho a nadie? ¿Y si me convierto en una voz para los próximos que lleguen, un guía, un faro?

 En esa primera noche con el virus en el cuerpo me puse a pensar en cómo cojones lo he podido pillar y me puse a repasar mis días en Mallorca. Luego recordé que, estando con mi padre en su casa, él había estado resfriado y no había parado de repetir lo mal que se encontraba; y no paraba de estornudar, en mi cara, por toda la casa, encima de mi comida, en el interior de la nevera (vale, para ya). Así que mi padre había tenido la culpa de todo; ya teníamos al culpable. 
 A la mañana siguiente de mi primer día confinado, recibí una llamada de uno de los rastreadores oficiales —con su placa, su diploma o lo que sea que te convierta en «Rastreador oficial de la COVID 2021»— para preguntarme cómo me encontraba. Luego me preguntó sobre mis últimos movimientos y, a esa pregunta compleja, se lo solté todo; desde mi días de niño gordito hasta mis años en los que pensaba que me moriría siendo virgen, pasando por mi idea de formar una banda de electropop oscuro, mis años trabajando en hoteles y mis días como creador de contenido en Youtube; y me solté, y me sentí cómodo contándole mi vida a un desconocido, pero porque no tenía nada mejor que hacer esa mañana… Luego, el tipo, con un tono muy borde, me dijo: Ve al puto grano. ¿Qué has hecho en estos últimos días?
 —Pues la semana pasada estuve unos días en Mallorca, y fui con mi hija al cine a ver Dune, que la peli no está mal, y es verdad que en pantalla grande se disfruta mucho, y que si las cifras van bien en su estreno en China y Estados Unidos, rodarán una segunda parte. En la sala nadie iba con la mascarilla puesta y la gente estaba más pendiente de sus palomitas y sus refrescos que de la película. También he cogido autobuses de Palma hasta el Arenal, con un conductor de la EMT que no llevaba la mascarilla (imagino que porque el virus no iba con él). He estado en lugares repletos de gente en los que parecía que ya no había un mañana, ni pandemias ni pollas; he desayunado café con tostadas en la plaza del pueblo de Sóller acompañado de miles de señores alemanes setentones inmortales (imagino que todos vacunados), comiéndose la vida, riendo y montando en bicicleta por el centro del pueblo; he estado caminando por mi barrio del Arenal, y he acariciado a un gato antes de hacer una compra en el Mercadona; y he desayunado en el interior de un bar en el que nadie (ni las camareras), llevaban la mascarilla puesta. He cenado pizza en un restaurante lleno de gente con mucha hambre, he cogido el coche de mi padre y me he movido por toda la ciudad, y he estado en contacto con miles de personas… Pero sí, creo que es más fácil echarle la culpa a mi padre.


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domingo, 22 de agosto de 2021

MI VIDA DIGITAL

Mi vida digital

No sabría ponerle fecha al momento exacto, debió ser a principios del 2008, ¿febrero, marzo? Entré en la caseta -caracola- de la productora que estaba situada en el parking de la televisión. Al abrir la puerta me encontré con un compañero sentando delante del ordenador, y a otra compañera, de pie, mirando también la pantalla; el compañero acababa de abrirse una cuenta en esa nueva red social llamada Facebook… Pero antes de ese día, ¿había oído hablar ya de Facebook, o me estoy inventando este dato?.. Recuerdo a mi compañero de la productora rellenando sus datos personales en Facebook, subiendo su foto de perfil, fascinado por aquella nueva “herramienta” que acababa de aparecer… Ahora, echando la vista atrás, aquel momento vivido queda en mi memoria como el recuerdo del inicio del fin de todo, y todo lo que vendría después lo cambiaría todo.
Ahora retrocedo unos meses: en otro punto del 2007 estoy trabajando en otra productora y estoy de pie, delante del ordenador de mi jefa. Ella me ha preguntado cómo le puede enseñar a sus amigos un montón de fotos que tiene de ella; fotos personales, de vacaciones, de fiestas con sus amigos. Le digo que puede enviar esas fotos por mail, pero eso a ella le parece un coñazo. Luego le digo que lo que puede hacer es abrirse un blog y subir todas las fotos, y luego pasarle en enlace a sus amistades. Pero aquella opción tampoco le parece muy atractiva. Al final no sé qué hizo, la dejé delante de su ordenador y seguí con mi trabajo. Y si retrocedo un poco más, me voy a mediados de los 2000, y mis primos que tenían un bar, decidieron poner un par de ordenadores para los clientes «para conectarse a la red», y todo esto cuando aún no existía nada, ni Facebook, ni Youtube. El mundo aún era limpio, puro e ingenuo.   
 Recuerdo meterme en aquellos ordenadores para entrar en el buscador y meterme en alguna pagina web de arte, ¿el buscador era Yahoo!? El fenómeno fue creciendo y aquello parecía que no iba a parar… Aquella nueva moda no tenía nada que ver con -tener un ordenador en casa para jugar a juegos y ya está-. Internet era otra cosa, algo más grande que aún no sabíamos muy bien para qué era, todo era nuevo y estaba creciendo a mucha velocidad.
   Y antes de internet, ¿qué hacíais?» Pero qué gran pregunta. Antes de la llegada de aquellos ordenadores al bar de mis primos, recuerdo que hacíamos cenas en mi antiguo piso: venían los amigos, traían una botella de vino y nos sentábamos en nuestra pequeña mesa del salón y cenábamos, hablamos mucho, nos reíamos y nos preguntábamos entre nosotros cómo había ido la semana; nos poníamos al día de nuestras cosas. En aquellas cenas de los primeros 2000, no hablamos de redes sociales, o de series de Netflix o HBO; en aquellas cenas hablábamos de películas, libros, sobre la situación política del país (unos más que otros), hablábamos de nuestros trabajos y de lo nuevos proyectos que queríamos poner en marcha. Y sobre todo, nos interesamos por la persona que teníamos a nuestro lado y escuchamos lo que nos tenía que decir. Más o menos todos íbamos en la misma dirección: una relación en pareja, una casa, un coche, un mascota asesina, una vida laboral, unos ahorros para viajar de vez en cuando, y sí, el mundo era otro.
Con la llegada de Facebook nos enganchamos a la vida de los demás; de repente, la vida de los «demás» parecía más interesante que la nuestra. Empezamos a mirar qué amigos tenían nuestros amigos, y empezamos a hacernos amigos de gente que -no conocíamos de nada-, por la simple razón de tener muchos amigos en aquella nueva red social. Mi generación pasó de Tuenti (aquello era para la gente joven, ¿no?) También tuve mi cuenta de Myspace, pero creo que nadie entendió muy bien para qué diablos era Myspace.
Una mañana entré en mi Facebook y un conocido mío compartió en su muro: «acabo de entrar en esta mierda antes de mirar mi correo electrónico». Aquella frase se me quedó grabada, no sé por qué. Fueron momentos de cambios… En el 2009 estábamos más pendientes del muro de Facebook que de nuestras propias vidas. Ya no existía esa persona sin su cuenta de Facebook. Compartíamos nuestros pensamientos todo el día, subíamos nuestras fotos personales, rellenábamos cuestionarios sobre nuestras preferencias, nos enganchamos a los -qué personaje eres de Friends según tu perfil, a los juegos online y mil mierdas por el estilo-.  
 Facebook empezó a controlar nuestras cabezas. Rellenamos todos aquellos formularios (aún lo hacemos) sin leer lo que estábamos a punto de firmar. Las condiciones legales de la aplicación: dime tu nombre completo, quién eres, dónde vives, tu número de teléfono… absolutamente todo.
Cuando apareció Youtube yo fui de los primeros en experimentar con la aplicación, subiendo mis vídeos  de humor, mis cortometrajes. Todo eso sin esperar nada a cambio, sin la obsesión actual del -que me vean todo el tiempo-. En el 2006 Youtube era un bebé y no existían los youtubers, el termino «viral» no existía y el mundo digital era más tranquilo… El algún punto entre el 2008 y 2012 todo se digitalizó: cualquier tramite, cualquier movimiento o consulta, todo lo empezamos a hacer a través de internet. Comprar un billete de avión, mirar el horario del cine, escuchar música, o leer las noticias a través de los periódicos digitales.   Por el 2011 llegó a mis manos un móvil con internet, y a partir de ahí la cosa fue a peor (o mejor, yo qué sé). Pasamos de correr para volver a casa para pegarnos al ordenador, a tener todas nuestras redes en las manso desde nuestros móviles -cada vez más pequeños-, luego se hicieron más grandes. Va por modas.
En el 2010 apareció Instagram y en el 2012 compartía mi primera foto. Cómo hemos pasado del subir al «compartir». Términos que se fueron integrando en nuestro vocabulario. Instagram apareció como una aplicación rara y pequeñita que servia para subir fotos con unos filtros muy «cool», que convertían las imágenes en fotos antiguas, retro, de los 60. Instagram hizo creer a todo el mundo que era un experto fotógrafo de galería de arte… Luego la aplicación se hizo más grande y se convirtió en otra cosa.
Likes, Me gusta, compartir, viral, viralidad, “para que me vean”, influencer, famosos de internet, vídeo viral de Youtube, «petarlo en internet para petarlo en el mundo». Patrocinadores, el partner, la marca, impacto en redes, community manager, presencia, linkedin, nuevos gestores de contenido «el contenido», social manager, visual thinking, creadores de contenido, reproducciones, retuits, interacciones… y el mundo se fue a la mierda… Y en algún punto de todo esto, nuestra paciencia y atención, nuestro modo de recibir, percibir, gestionar la información, comunicarnos, empatizar, valorar las cosas y consumir, transmutó a otra cosa. Facebook se quedó para siempre y se convirtió en nuestro día a día, en nuestra forma de comunicarnos con los otros. Facebook fue la primera red social “para todo el mundo”, el Big Mac de las redes sociales; en la que están tú tía, tus primos, tus amigos casados y divorciados, tus ex, tus padres, y aquel jefe que tuviste hace años que era un hijo de puta.
 ¿Y cuándo se fue todo a la puta mierda? Se fue todo a la puta mierda en el momento en que pasamos más tiempo dentro de todas esas aplicaciones que en nuestras propias vidas. Cuando perdemos más tiempo en pensar en todo lo que «compartimos» para buscar el like, una aceptación en un mundo digital  en el que nos ven miles de personas que no conocemos de nada, y posiblemente, en el mundo real no sería nuestros amigos, nos caerían mal. ¿Por qué me afecta una crítica sobre mi trabajo hecha por una persona que no conozco de nada? Posiblemente hecha por una persona que normalmente no haga nada, ni sea creativa, y lo único que hace es estar delante de sus pantallas criticando lo que hacen los demás. ¿Y en qué momento he empezado a pensar así y me preocupo por lo que los demás puedan pensar sobre lo que comparto en mis redes? Llegó un momento en el que todo lo que empezamos a compartir tenía que pasar por unas “valoraciones”, y si lo compartido no gustaba lo eliminábamos para no dejar rastro de nuestro fracaso.
Todo es «contenido», tú eres contenido, me gusta tu contenido. Desde el momento que te levantas y subes tu primera foto, story a tu Instagram, tuit, comentas algo o compartes algo en Facebook, eres parte de ese «contenido». Hemos pasado de los creadores, artistas, escritores, actores, editores  , pintores, músicos, fotógrafos, periodistas, cineastas, a ser todos creadores de contenido. Picasso ahora también sería creador de contenido y se pasaría sus días metido en Instagram, buscando la aprobación de sus seguidores sobre sus nuevas pinturas. ¿Te imaginas?
 Y el algún punto de todo esto perdimos la objetividad y el sentido de las cosas. ¿Realmente vale la pena pasarse todo el día expuesto en nuestras redes sociales? ¿Para qué, y a cambio de qué? -Me gusta lo que haces, me gustas por todo lo que compartes, eres muy ingenioso, envidio tu estilo de vida, seguro que eres una persona super interesante por todas las cosas que subes y que compartes… Yo quiero tener su vida porque se pasa todo el día de fiesta, le regalan cosas, está siempre de vacaciones, subiendo sus increíbles fotos desde playas maravillosas y piscinas, rodeado de gente famosa y genial-. «Que me vean todo el tiempo haciendo mil cosas, aunque en realidad no haga nada». De verdad, ¿vale la pena todo esto?
Y vuelvo otra vez al viejo mundo, a aquellos días en los que leíamos en la cama, o alquilábamos un par de películas y las veíamos el mismo día; o cuando nos metíamos en una sala de cine sin llevar un móvil en el bolsillo; cuando aún teníamos concentración y paciencia para hacer cosas. ¿Alguien se acuerda de todo eso? ¿Cómo vamos a volver a centrarnos en algo que pase en la vida real si estamos todo el día pendientes de -quién me ha visto, qué habrán comentado sobre mi última publicación, o quién me habrá dejado de seguir-.
Todos somos figuras públicas o personajes públicos. ¿Qué coño quiere decir eso? Cualquier persona: tu primo, tu tía de Valencia, aquella jefa de mierda que tuviste hace unos años y te hizo la vida imposible. Ahora cualquier persona se puede abrir una cuenta en una red social y poner en su biografía que es un personaje público; me he dado mí mismo el título de personaje público porque he subido mil fotos mías a las redes desde mi sofá. No soy nadie pero necesito ser una figura pública, como cualquier famoso, como un actor o una presentadora de la televisión. 


   Y ahora que pasamos más tiempo delante de nuestras pantallas, ya no hace falta quedar en el mundo real con los amigos, ¿de qué vamos a hablar con ellos si ya lo sabemos todo a través de las malditas redes? Sé todo lo que hicieron ayer, lo que cenaron y lo que vieron luego en Netflix, sé con quién han cortado y con quién han empezado a salir; sé dónde han estado de vacaciones y si han estado a gusto en el hotel.
«Se viene cositas» y todo el mundo parece que lo esté petando siempre en su vida profesional. ¿Os imagináis a alguien en sus redes sociales diciendo que está en la puta mierda, desesperado y que busca empleo desde hace tiempo?..Bueno, ese sería yo. ¿Os imagináis un mundo digital en el que las personas de verdad compartieran sus verdaderos pensamientos y preocupaciones, sin estar todo el día pendientes de sus ombligos? Yo, yo, y luego también yo… 


   Lo peor que ha dado todo este nuevo mundo -refugio- digital es la necesidad de estar opinando todo el día. En esta nueva era digital todo el nudo tiene su «opinión sobre el tema». O te posicionas o mueres, o dices qué piensas o no existes. Da igual el tema, da igual que sea una pandemia mundial, la liga de fútbol o un conflicto en un país del que no has oido hablar en tu vida. Internet crea opinadores. Internet le da voz al tonto nervioso que se ha enfadado porque no entiende lo que pasa a su alrededor, lo estamos viendo en estos últimos tiempos con esa cosa llamada pandemia mundial. Cualquier pensamiento es valido, cualquier opinión, cualquier tesis o estudio. Si está en un blog, en el muro de Facebook de tu prima, o en un web que se ha auto proclamado «oficial», tendrá la misma validez que cualquier otro medio… Y a esto hemos llegado. Ya no es necesario estudiar una carrera, ya no hace falta ser periodista o matemático, o estudiar un montón de años sobre ciencia para opinar sobre partículas elementales, nanotecnologia puntera o sobre los misterios del universo. Manuel, que trabaja de camarero en un bar de barrio, también tiene una teoría sobre lo que está pasando y no para de compartir sus pensamientos en su muro de Facebook, y recibe muchos comentarios. Manuel no sabe de qué cojones está hablando, pero cada vez se va creciendo más y se siente más importante. Manuel es camarero y experto en cualquier materia.

sábado, 7 de agosto de 2021

7 DE AGOSTO


«Si lo deseas mucho, pasará» -y otras frases de mierda que me vienen a la cabeza. Son las 15:47 de este maravilloso día de calor en Madrid, pero se está bien con todo cerrado… Antes, hace unos años, en mi cabeza balear pensaba que si abría las ventanas estaría mejor; pero Madrid no es Mallorca ,y mejor que lo tengas todo cerrado. Esto es un sábado y ya he estado en otros, ya sé cómo son. La  agenda que tenía para hoy estaba a tope de planes: desayunar café con tostadas, una ducha, fregar la cocina y barrer el suelo; y luego bajar al Mercadona a por cuatro cosas. Ya he hecho todas esas tareas, ahora el resto del día debería ocuparlo en escribir cosas geniales y sentir que estoy haciendo algo con todo mi tiempo y mi espacio mental. Mientras volvía de la compra, me he puesto a pensar en todas las cosas que hice hace unas semanas en mi último salto a la isla; si hace unos años mis saltos eran a Madrid, ahora lo son la isla. En esos días me vacuné dos veces, seguí escribiendo, pensé en mil cosas que me habían pasado en estos últimos años, pude pasar muchos días con mi hija y, jugamos a la play, vimos películas, comimos hamburguesas y pizza. También di muchas vueltas por mi viejo barrio (pueblo) mientras no paraba de analizarlo todo: ¿la zona siempre había estado tan destruida, o era una sensación mía? No había ningún tipo de atractivo por el que una persona -más o menos normal- querría quedarse atrapado en un lugar así. En esos días también me metí en el mar un par de veces (pero qué poco amante eres de la playa). 16:15 Twitter. Siento que me estoy perdiendo cualquier polémica sobre el fútbol (pero porque no me interesa nada), Los juegos olímpicos (un poco más o menos lo mismo), todos los programas de cocina con famosos, y el otro con “famosos” que salen del interior de unos bichos muy feos, y las dos pelis que todo el mundo ya ha visto (por Torrent).

domingo, 1 de agosto de 2021

AGOSTO

 
Ya he estado en otros agostos, ya sé cómo son, ya sé lo que pasa por estas fechas. Es 1 y es domingo, «hoy empieza todo» -no sé qué he querido decir con esto-. Aún con todo lo malo creo que está siendo un buen año, para lo creativo, para crear y guardar. 16:50 y ayer bajaron un poco las temperaturas y, una agradable brisa (nada mediterránea) se cuela por la puerta de la terraza y me da en toda la cara. Café con leche, libro sobre la mesa y la tele apagada (cómo mejor está).  Siempre que veo las noticias tengo la sensación de que hay mil realidades diferentes: por un lado, el fin de la pandemia y la vuelta de todo: del turismo, la fiesta, las cañas en la terrazas, la playa y los deportes en la tele. Y por el otro lado sigue siendo el fin del mundo, todo se va a la mierda, la quinta ola, nos vamos a morir todos, mejor quédate en casa hasta que todo esto termine. Así que de verdad, no sé con cuál telediario quedarme. 16:55 y han pasado 5 minutos desde que he empezado con toda esta tontería. Mañana lunes deberían pasar un montón de cosas «chulas» y cuántos años llevo escribiendo esto mismo: lunes y empieza todo, pasan cosas maravillosas y se pone de nuevo todo en marcha. Luego pasa otra semana y siento que sigo el mismo punto muerto, pero con más miserias y deudas acumuladas… Esto sigue siendo un domingo y siempre que abro el diario lo hago pensando que es para poner mi cabeza en orden; conectar los cuatro cables que tengo fundidos, pensar en mis cosas y crear nuevos frentes creativos. 16:58 y corto por aquí.